De repente, una sonrisa apareció en los labios de ella, pero sus ojos estaban completamente fríos.
—Presidente Jiménez, si quiere jugar con mujeres, busque a otra. No tengo tiempo para esto.
Renato se inclinó hacia ella, acercando sus cálidos labios a su oreja. Sus rostros rozaban sutilmente. Con cada palabra que él pronunciaba, su aliento cálido erizaba la piel de Magdalena, provocándole un escalofrío que no pudo disimular.
—Hablo en serio. Siento que tengo una conexión especial contigo.
Magdalena no sabía si solo se estaba burlando de ella, pero él ya le había dejado claro que no ayudaría a su familia, así que no tenía sentido perder el tiempo.
Se deslizó por debajo de su brazo, retrocedió un par de pasos para marcar su distancia y le dedicó una sonrisa gélida.
—Presidente Jiménez, acordamos que después de los tres meses no volveríamos a molestarnos, ¿acaso lo olvidó?
Renato se volvió para mirarla. Levantó la mano y se frotó la comisura de los labios con el pulgar, donde aún parecía quedar el rastro del aliento de ella. Ese gesto casual era tan íntimo que la hizo sonrojarse.
Magdalena apartó el rostro. No sabía por qué, pero estar a solas con él le generaba una presión invisible que casi no la dejaba respirar.
Incluso cuando tenían ese tipo de relación en el pasado, nunca se había sentido así.
*¿Acaso estoy perdiendo la cabeza por tanta presión últimamente?*
La mirada de Renato era tan fría como la noche, y la sonrisa en sus labios denotaba un aire calculador.
—Veo que tienes muy buena memoria.
—Por supuesto, conozco muy bien sus reglas —respondió ella con una sonrisa diplomática.
Su maquillaje de esa noche era elegante y refinado. La leve sonrisa en sus labios irradiaba paz y dulzura, y las luces del techo se reflejaban en sus oscuras pupilas, dándole un aura cálida.
Renato dio un paso hacia ella y Magdalena retrocedió instintivamente. Él enarcó una ceja y su sonrisa se volvió indescifrable.
—Magdalena, ¿sabes qué es lo que más quiero hacer en este momento?
Los profundos ojos de Renato brillaron. Su sonrisa permaneció intacta, pero no había ni un rastro de calidez en su mirada.
Como él estaba bloqueando la puerta, ella tuvo que interrumpirlo.
—Presidente Jiménez, mi padre seguro me está buscando. Le pido que se haga a un lado, necesito salir.
La sonrisa de Renato se borró poco a poco, dejando sus ojos cubiertos de una densa oscuridad.
—Magdalena, esos hombres jamás podrán llenar el pozo sin fondo de la Corporación Sarmiento. Y lo que te dije hace un momento, iba muy en serio.
Magdalena salió de la sala, fue al baño a retocarse los labios y regresó al salón principal.
Renato había llegado antes que ella. Estaba conversando con un grupo de invitados, vestido con una impecable camisa blanca y traje negro. Bajo la iluminación del salón, tenía una leve sonrisa en el rostro, luciendo increíblemente sofisticado y majestuoso.
No sabía si fue su imaginación, pero sintió que, por una fracción de segundo, la mirada de él se posó sobre ella. Esa fugaz sensación fue suficiente para tensar todos sus nervios.

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