Andrés Vargas ni siquiera tuvo la oportunidad de preguntar qué había sucedido cuando la llamada se cortó abruptamente, dejándolo solo con el tono de marcado en su oído.
Al escuchar la urgencia extrema en la voz de Magdalena, supo que no podía perder tiempo. Regresó a la sala de juegos y le dijo a su padre:
—Papá, tengo que salir un momento, surgió algo urgente.
Héctor Vargas había alcanzado a escuchar la voz de una mujer por teléfono y su expresión se ensombreció al instante.
—Durante todos estos años nunca me he metido en tus tonterías, ¡pero si causas algún escándalo, te juro que no te lo voy a perdonar!
Andrés se dio cuenta de que su padre estaba imaginando cosas y trató de explicar.
—Es solo una amiga —Al ver la mirada incrédula de su padre, insistió con toda la sinceridad posible—: ¡Te prometo que solo es una amiga!
—¡A mí no me mientas! —Conocía perfectamente a su hijo, ¿acaso los chismes de revistas alguna vez paraban?
Al ver que Héctor no le creía y sin otra opción, Andrés agarró las llaves del auto de la mesa y se dispuso a salir. Tenía un pie fuera de la puerta cuando su padre sentenció.
—Corta esos amoríos de una vez. En unos días formalizaremos tu compromiso para que dejes de andar vagando por ahí todos los días.
A Andrés le empezó a doler la cabeza de solo escucharlo.
...
Frente a la entrada del exclusivo club Bahía Dorada, un lujoso auto rojo frenó con un chillido agudo. La parada fue tan repentina y agresiva que varios transeúntes giraron a mirar.
Los guardias de seguridad en la puerta sonrieron con desdén. Seguro era otro niño rico y consentido. Manejando a esa velocidad, ¿no le daba miedo causar un accidente?
Además, siendo un hombre hecho y derecho, ¿no le daba vergüenza conducir un auto de color rojo vibrante?
Por supuesto, siendo un lugar donde los clientes eran millonarios o personas de mucho poder, los guardias solo podían pensarlo, sin atreverse a reírse frente a él.

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