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Me Casé con el que Pagó Mi Venganza romance Capítulo 191

Sebastián Jiménez esbozó una sonrisa de medio lado, ignorando por completo sus palabras. Se dio la vuelta para mirar a Magdalena Sarmiento y caminó a su alrededor, analizándola con un evidente interés.

Magdalena se sintió increíblemente incómoda bajo su mirada. Era como sentir la lengua de una serpiente venenosa enroscándose lentamente alrededor de su cuello, poniéndole la piel de gallina.

Sebastián observaba su hermoso y delicado rostro. Sus ojos se oscurecieron con una intensidad inquietante. Ver que ella le temía no lo enfurecía en absoluto; por el contrario, le provocaba una extraña y perversa excitación.

Ella retrocedió un poco, escondiéndose detrás de la espalda de Renato Jiménez, y trazó un par de líneas con el dedo sobre el saco del hombre.

Renato la miró de reojo antes de clavar sus oscuros ojos en Sebastián.

—Me la llevo —dijo con voz firme—. Ve a casa si tienes tiempo, la familia ha estado preguntando por ti.

Dicho eso, se dio la vuelta y salió de la habitación a paso rápido. Magdalena y Santiago se apresuraron a seguirlo.

Justo al cruzar el umbral, la voz de Sebastián resonó a sus espaldas.

—Mañana mismo vuelvo a Nueva York. Para no provocarle un infarto al viejo, ya sabes lo que tienes que hacer, mi brillante hermano mayor.

Renato detuvo sus pasos por una fracción de segundo, pero abandonó el lugar sin pronunciar una sola palabra.

Al ver cómo su silueta se alejaba, la sonrisa en los labios de Sebastián se congeló. Se limpió la comisura de la boca con el dorso de la mano y un destello sombrío cruzó su mirada. Una risa fría y cargada de sarcasmo escapó de sus labios.

—Hermano mayor... ja...

Ya en el pasillo, Santiago caminaba cojeando y quejándose.

—De haber sabido que terminaría así, nunca les habría entregado el rollo de fotos. Recibí una paliza por nada.

Magdalena levantó la mano y presionó ligeramente la herida en la comisura de sus labios.

—Deberían haberte matado por entrometido.

Ante el repentino y doloroso toque, Santiago hizo una mueca y soltó un quejido.

—Cuidado, o te vas a quedar soltera por esa actitud.

Ella soltó un bufido y levantó la vista. Renato caminaba a zancadas rápidas y ya estaba doblando la esquina del pasillo. Magdalena comenzó a trotar para alcanzarlo.

—Presidente Jiménez, gracias.

Renato se detuvo en seco y giró la cabeza para mirarla.

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