Al escucharlo gritar de esa manera, Magdalena finalmente lo entendió todo. Esos dos no habían peleado a golpes; se habían enfrentado en un duelo de tragos.
Si Andrés había terminado en ese estado, lo más probable era que Gabriel Herrera tampoco la estuviera pasando muy bien.
—No deberías venir a lugares como este —murmuró Lázaro Guzmán con esa voz profunda y suave que le llegó directo al corazón.
Magdalena desvió ligeramente la mirada, observando sus elegantes facciones por un instante antes de apartar los ojos rápidamente. Bajó las pestañas y respondió en voz baja:
—Solo vine a buscar a un amigo.
Una cálida sonrisa de alivio asomó en los labios de Lázaro.
—Eres una buena chica, este ambiente es demasiado caótico y peligroso.
El rostro de Magdalena pareció perderse en la nostalgia por un segundo. Recordó los tiempos en que él solía acariciarle el cabello con ternura mientras le susurraba:
*Eres una buena chica, tienes que hacer caso. Cuando te enfermes, debes tomar tus medicinas sin quejarte.*
Recordaba claramente cuando vivía en Villa del Sauce. Cada vez que enfermaba y se negaba a tomar sus remedios, él la convencía con infinita paciencia, inventando mil maneras de hacerla sonreír para que cooperara.
...
Ambos sostuvieron a Andrés Vargas, uno de cada lado, y lo sacaron del club. Lo acomodaron en la parte trasera del auto de Lázaro. Una vez que cerró la puerta, Lázaro se giró hacia ella.
—Sube, te llevo a tu casa.
Las comisuras de los labios de Magdalena se alzaron débilmente, mostrando una sonrisa forzada en su pálido rostro.
—Vine en mi propio auto.
Lázaro no insistió.
—Conduce con cuidado. Cuando llegues a casa... —estuvo a punto de decir "mándame un mensaje o llámame", pero se tragó las palabras. Apretó los labios y guardó silencio.
Magdalena, con la mirada clavada en el suelo, murmuró:

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