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Me Casé con el que Pagó Mi Venganza romance Capítulo 333

La voz serena de Renato preguntó:

—¿Y ella?

Olga dirigió la mirada hacia las escaleras.

—Acaba de comer y está leyendo un libro.

Él respondió con un seco «Mmm» y colgó el teléfono sin decir más.

Al escuchar el tono de ocupado, Olga se quedó un tanto confundida, sin entender cuál había sido el verdadero propósito de aquella llamada.

Pero, tras pensarlo un momento, dedujo que, aunque él solo había hecho una pregunta, lo que realmente importaba era su respuesta. Le había confirmado que la joven señora ya había almorzado y también le había dicho qué estaba haciendo; tal vez eso era exactamente lo que quería saber. Recordó cómo él mismo la había cuidado durante su fiebre el día anterior y comprendió que, en el fondo, al señor le importaba mucho su esposa.

Sirvió un vaso de agua, lo llevó al segundo piso y llamó a la puerta de la habitación. Desde adentro se escuchó la suave voz de Magdalena.

—Adelante.

Olga entró, dejó el vaso sobre la mesa de noche junto a ella y, al ver que seguía sumida en su lectura, vaciló antes de hablar.

—Joven señora, ya es hora del almuerzo. ¿No le gustaría llamarlo para preguntarle si ya comió?

Magdalena cerró el libro, tomó su celular y comprobó la hora: las doce con seis minutos. A esa hora, seguramente él ya habría tomado un descanso en su trabajo, ¿no?

Al verla dudando con el teléfono en la mano, Olga continuó.

—Cuando el señor está ocupado, suele olvidarse de comer. Antes no había nadie que se lo recordara, pero ahora que está casado, usted debería estar más pendiente de él. Si sigue así, a la larga se le arruinará el estómago.

Tras pensarlo unos segundos, asintió.

—Lo llamaré ahora mismo.

Delante de Olga, marcó el número de Renato, pero nadie respondió hasta que la llamada se cortó automáticamente.

La voz de Renato sonó completamente vacía de emoción.

—No es necesario.

Camilo se sorprendió. Desde que se había casado, su jefe casi no asistía a compromisos sociales a menos que fueran de extrema importancia. Además, considerando que su esposa seguía enferma, lo lógico sería que quisiera irse directo a casa.

Para la cena de esa noche bastaba con que asistiera el Gerente Rodrigo, el encargado directo del proyecto; el Presidente Jiménez no tenía que estar ahí en persona. Pero, como él ya había tomado la decisión, Camilo solo asintió.

—Entendido.

Al terminar la jornada laboral, Renato se dirigió a un hotel junto al gerente responsable del proyecto. Al ver a Renato, el Presidente Benítez se mostró muy sorprendido y no dejó de proponer brindis durante toda la cena. Al finalizar, el grupo decidió continuar la noche en Bahía Dorada.

En la sala privada del club nocturno, todos los hombres tenían a una acompañante sentada a su lado, excepto Renato. Él permanecía reclinado en el sofá con postura relajada, frotando el cristal de su reloj con el pulgar de su mano derecha.

Permanecía en silencio, echando un vistazo a su reloj de vez en cuando. A las diez y media de la noche, sacó su celular: ninguna llamada perdida, ningún mensaje. Una sonrisa irónica y fugaz se dibujó en sus labios.

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