Mientras Renato y Camilo se dirigían a la zona de construcción, Magdalena aprovechó para echarse una siesta en una de las habitaciones de la inmensa suite presidencial.
Se levantó justo antes de las diez y media de la mañana, y de inmediato recordó las últimas palabras de Renato: le había pedido que preparara la cena. ¿Significaba eso que no volverían al hotel al mediodía para almorzar?
Si él no soportaba el sabor de la comida local, ¿cómo iba a solucionar su almuerzo?
Solo de pensarlo le dio un fuerte dolor de cabeza. Había quedado claro que no solo le habían asignado tareas de empleada doméstica, sino que también debía tener el corazón y las preocupaciones de una.
Tomó la tarjeta de la habitación, corrió a un supermercado cercano, compró varias verduras y preparó la comida a la velocidad de la luz. Tras almorzar un poco a toda prisa, al ver que se le echaba el tiempo encima, ni siquiera pudo lavar los platos y cubiertos. Empacó rápidamente el resto en contenedores y salió de la suite corriendo con ellos en la mano.
Tomó un taxi hacia el sitio en construcción y llegó a las doce del mediodía en punto.
El supervisor Larios ya había recibido instrucciones de Renato y apenas iba a ordenar comida. Al salir del área de seguridad, se topó de frente con Magdalena y le saludó cortésmente:
—Magdalena, ¿qué haces aquí?
Como se habían conocido la noche anterior, Magdalena le respondió con total tranquilidad:
—La comida de Ribera Alta es demasiado dulce para su gusto. El señor Jiménez no está acostumbrado, así que vine a traerle el almuerzo.
Larios no fue demasiado empalagoso ni muy frío, manteniendo un nivel perfecto de amabilidad profesional.
—El señor Jiménez sigue en la zona de trabajo. Entra y sigue directo; si no lo encuentras, pregúntale a cualquiera de los trabajadores.
—Gracias, supervisor Larios —agradeció ella con su tono amable.
Con una sonrisa de caballero, él le advirtió:
—Ten cuidado al entrar.
Ella volvió a agradecer y entró a la obra sosteniendo el almuerzo. Antes de poder acercarse, el estruendo constante de las máquinas comenzó a retumbar en sus oídos, acompañado por el rechinido de una enorme grúa izando materiales de construcción.
El terreno era gigantesco. A lo lejos, divisó a Renato rodeado por un numeroso grupo de personas. Su silueta alta e imponente sobresalía del resto sin el menor esfuerzo. Llevaba puesto un casco de seguridad azul, al igual que los hombres que lo seguían.
—¡Los de abajo, apártense! ¡Cuidado!
Renato levantó la vista hacia lo que colgaba justo sobre ella y su rostro palideció de golpe.
No solo él; el terror paralizó el rostro de Camilo y de los demás.
Inundada por el ensordecedor rugido de las maquinarias, Magdalena no lograba escuchar los frenéticos gritos del operador.
Renato salió disparado hacia ella. La embistió, tirándola bruscamente contra el suelo. Puso su mano bajo la cabeza de Magdalena para protegerla mientras ambos rodaban un par de metros para apartarse.
Se oyó un terrible estruendo metálico justo a sus oídos. Un pesado bloque de acero se precipitó desde la grúa y golpeó el punto exacto donde ella había estado de pie hacía un par de segundos. El impacto levantó una densa nube de polvo que el viento arrastró de inmediato.
Camilo y los demás corrieron despavoridos y ayudaron a ambos a ponerse de pie. Aquella imagen tan espeluznante había dejado a todos los presentes al borde de un infarto.
La mano con la que Renato protegía la parte trasera de la cabeza de Magdalena tenía la piel completamente levantada. La sangre comenzó a brotar del dorso, haciendo que los rostros a su alrededor perdieran todavía más el color.

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