La señora Zacarías decía la verdad, pero su tono era altivo e insolente. Sin embargo, en esa sala había alguien que no estaba dispuesto a tolerar que pisotearan a Magdalena.
La voz clara y serena del hombre sentado en diagonal rompió la tensión.
—Señora Zacarías, puede que la familia Sarmiento esté en decadencia, pero todavía cuentan con el respaldo de la familia Guzmán. Magdalena ni siquiera se ha casado con su hijo y usted ya está asumiendo el papel de suegra tirana. Si alguna vez se uniera a su familia, ¿no cree que pasaría los días llorando y suplicando volver a su hogar?
La señora Zacarías se quedó de una pieza. Al menospreciar a los Sarmiento había olvidado que en la mesa también estaba presente la familia Guzmán. Y frente al poder de los Guzmán, la familia Zacarías era solo polvo.
Octavio también percibió el desprecio en las palabras de la mujer, y su rostro ahora ardía de indignación.
Acobardada, la señora Zacarías murmuró:
—Si la familia Guzmán es tan poderosa, ¿por qué no invierten más dinero, en lugar de obligarnos a cargar con la mitad del peso aceptando este matrimonio?
La expresión de Lázaro se ensombreció. Su mirada afilada se clavó en la señora Zacarías, silenciándola de golpe.
En su cuenta bancaria personal había mucho más que quinientos millones, pero cada vez que pensaba en cómo Magdalena había sido repudiada desde pequeña por don Jonás y Octavio, detestaba la idea de darle un centavo a los Sarmiento.
Sabía que, si ella pudiera elegir, preferiría pasar el resto de su vida en Villa del Sauce antes que ser obligada a cumplir ese papel.
Y ahora, por codicia, Octavio pretendía obligarla a casarse con un hombre divorciado y convertirla en madrastra.
Lázaro sentía una rabia ardiente en el pecho; deseaba abrir una empresa fantasma solo para llevar a la Corporación Sarmiento a la quiebra.
Ese hogar nunca le había dado calor, pero estaba Beatriz, y si la familia caía en desgracia, Magdalena también sufriría. Por eso había aceptado aportar solo la mitad del rescate: quería mantener a la familia Sarmiento al borde del colapso.
La inyección de capital había sido pactada con la condición de que cada yerno aportara la mitad, pero Magdalena no sabía nada de esto. Al escuchar a la señora Zacarías, por fin comprendió cómo la habían vendido.
Dejó los cubiertos sobre la mesa con total elegancia, se limpió los labios con una servilleta y, con una calma que desentonaba con la guerra a su alrededor, preguntó:
—Entonces, doña Leticia, asumo que usted no está satisfecha conmigo, ¿verdad?

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