Al día siguiente, después del trabajo, Renato condujo hasta la casa de su familia.
—Señor, qué bueno que está de vuelta —lo recibió el mayordomo con una gran sonrisa.
Él apenas murmuró un "Mjum" mientras se quitaba el saco. El mayordomo se apresuró a tomarlo para colgarlo.
Susana, que sabía que iría a visitarlos, lo estaba esperando ansiosamente en la sala viendo un programa de televisión. Al verlo entrar, sin mostrar alegría en su rostro.
—Si no te llamo, ni te acuerdas de que existo.
Renato se desabotonó los puños de la camisa mientras caminaba hacia un sillón individual junto a ella.
—Pero ya estoy aquí, ¿no? —respondió con voz amable.
Ella entendía lo absorbente que era su trabajo y decidió no reprochárselo. De pronto, recordó el motivo principal de su visita.
—Ayer, cuando llamé, me contestó una mujer —dijo en tono casual para probar su reacción.
El rostro de Renato no mostró ni un ápice de alteración.
—Sí.
Ese simple "sí" no le daba mucha información, pero Susana no quería verse muy insistente. Lo observó con cuidado y comentó de forma sutil:
—Que yo recuerde, el único que tiene permiso para contestar tus llamadas es Camilo.
—Es alguien nueva en la oficina, aún no aprende las reglas —dijo Renato. Cruzó las piernas, se aflojó la corbata y la arrojó a un lado. El mayordomo, siempre atento, la recogió de inmediato para guardarla.
La explicación le pareció lógica, así que Susana no indagó más; era común que los empleados nuevos cometieran ese tipo de errores.
Ya habían pasado unos minutos desde su llegada y Renato notó la ausencia de su padre.
—¿Dónde está papá?
—En su estudio, arriba —Susana tomó el control remoto y cambió de canal, sabiendo que a él no le interesaban esos programas.
Renato vivía inmerso en el trabajo y rara vez los visitaba, así que aprovechó para ver la televisión un rato con su madre antes de subir a darse un baño.
El ruido de la silla arrastrándose retumbó en el silencioso comedor. Renato se puso de pie, caminó hacia la mesita de centro y tomó las llaves de su auto. Un empleado le acercó rápidamente su saco; él lo tomó y salió sin mirar atrás.
Al ver que se iba sin cenar, Susana se levantó de un salto para ir tras él.
—¡Siéntate! —le ordenó Ignacio con voz severa.
Ella miró el rostro furioso de su esposo y no tuvo más opción que obedecer. Con un movimiento de ojos, le indicó al mayordomo que lo siguiera.
—Señor, al menos quédese a cenar antes de irse —le rogó el hombre en la entrada.
Renato ni siquiera se detuvo. Abrió la puerta de su coche, subió, dio vuelta y se alejó a toda velocidad.
El sonido del motor alejándose hizo que Ignacio se pusiera rojo del coraje.
—No lo presiones tanto —suspiró Susana—. Tú sabes muy bien que, desde hace seis años, él...
La frase quedó ahogada en un profundo y melancólico suspiro.

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