Sin dejarlo terminar, la voz fría y tajante de Renato cortó el aire.
—Que no me entere de que hay una próxima vez.
Dicho eso, tomó a Magdalena del brazo y la guio hacia su auto. Abrió la puerta y la ayudó a entrar, pues ella aún seguía paralizada. Luego rodeó el vehículo, se sentó frente al volante y la miró de reojo. Seguía extremadamente pálida.
—El cinturón.
Magdalena reaccionó como si despertara de un sueño y se lo abrochó mecánicamente.
—¿Cómo es que usted...?
Renato encendió el motor, con la vista fija en la calle. Su voz indiferente dejaba entrever una furia meticulosamente contenida.
—¿A dónde planeaba llevarte?
El incidente había sido demasiado intenso. Magdalena, aún con el corazón latiendo a mil por hora, tomó unos segundos para calmarse.
—Solo... escuché una conversación por accidente. Seguramente quería asegurarse de que me mantuviera callada.
Renato no insistió. Evidentemente, no le importaba en absoluto de qué trataba esa conversación.
Magdalena tampoco lograba descifrar por qué él parecía estar tan enojado. Tras un rato de silencio, sintió que la actitud fría del hombre se suavizaba y se atrevió a preguntar con cautela.
—¿No tenía una reunión después del trabajo?
Esa tarde, cuando ella le había llevado unos documentos a la oficina, él estaba hablando por teléfono y alcanzó a escuchar que decía que se verían por la noche en Bahía Dorada.
Renato, en efecto, tenía un compromiso. Darío Gil regresaría al día siguiente a Ribera Alta con su esposa e hijos, así que esa noche le organizaría una cena de despedida.
Hace poco había comprado una pintura de Augusto Vázquez en una subasta, la cual Darío quería regalarle a su padre. Por eso, Renato planeaba pasar primero a su casa por la obra, y justo al salir del estacionamiento la había visto siendo obligada a subir al auto de Kevin.
Mientras esperaban en un semáforo en rojo, le preguntó con tono indiferente.
—¿Tienes algún compromiso al llegar a casa?
Aunque no entendía el motivo de la pregunta, ella negó con la cabeza con total honestidad.
—No, ninguno.
Tras perderse en sus pensamientos, miró por la ventanilla.
—Este tampoco es el camino a Bahía Dorada.
Para sorpresa de ella, Renato se dignó a explicarle.
—Primero iré a casa a recoger algo, luego iremos al Restaurante Palermo y de ahí a Bahía Dorada.
Al llegar a Bahía del Sur, Renato se desabrochó el cinturón y bajó del auto. Magdalena se quedó esperando. Unos minutos después, él salió de la villa con un cuadro en las manos.
Lo colocó con cuidado en el asiento trasero y reanudó la marcha hacia el Restaurante Palermo.
Al llegar, el mesero lo reconoció de inmediato e hizo el ademán de llamar al gerente. Sin darle tiempo a hacerlo, Renato se dirigió al respetuoso empleado.
—Salón del Ciruelo.
El joven mesero fue bastante astuto y, entendiendo a la perfección, los guio directamente hacia el reservado exclusivo.

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