Renato abrió la puerta del lujoso reservado. Adentro había unas siete u ocho personas, tanto hombres como mujeres. Junto a Darío Gil estaba sentada su esposa, Silvia. Darío, con el brazo apoyado en el respaldo de la silla de su mujer, miró al hombre que acababa de llegar.
—¿Por qué llegas hasta ahora?
La imponente figura de Renato cubría por completo a Magdalena, así que nadie la había notado aún. Ella pensó nerviosa que si la veían de repente, todos se caerían de sus sillas por la sorpresa.
No tuvo tiempo de imaginar más, pues Renato entró al salón y ella quedó expuesta ante la mirada de todos.
Los presentes abrieron los ojos de par en par. El único que mantuvo la compostura fue Darío, quien tras una ligera sorpresa, recuperó su actitud relajada de inmediato.
—Con razón.
Sintiendo las miradas de todos sobre ella y con las mejillas ruborizadas, Magdalena se sentó junto a Renato. Él le entregó el cuadro a Darío, que estaba a su lado.
—Esta es la cena más cara que he pagado en mi vida.
Darío esbozó una media sonrisa. Su rostro apuesto reflejaba una expresión divertida.
—¿Por eso trajiste ayuda? ¿Para desquitar lo que vas a comer?
Una luz oscura e inescrutable brilló en los profundos ojos de Renato.
—¿Tú crees que eso es posible?
Magdalena no entendía a qué se referían con lo de la cena más cara. Después de todo, Darío era el anfitrión, así que el precio no tenía nada que ver con Renato.
Además, aunque el Restaurante Palermo era un lugar de cinco estrellas, para multimillonarios como ellos, ningún platillo podía considerarse excesivamente caro.
Estaba segura de que la frase de Renato escondía un doble sentido que solo ellos dos entendían.
Al tratarse de una cena de despedida, las bebidas no podían faltar. Sin embargo, Renato alejó la copa que estaba frente a Magdalena.
—Ella no toma alcohol.


Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me Casé con el que Pagó Mi Venganza