Tenía razón. Solo Camilo sabía sobre su relación con Renato en toda la empresa. En tres meses la barriga empezaría a notarse y sería imposible ocultarlo.
Magdalena intentó negociar.
—Entonces, renunciaré dentro de tres meses.
Renato frunció el ceño, pero al ver que ella había cedido, decidió no presionarla más.
—De acuerdo.
Se acostaron en la cama y él la envolvió en sus brazos. Magdalena se movió, incómoda. Su voz grave y ronca resonó en su oído.
—Te perdonaré por esta vez solo porque estás embarazada, pero tienes que comportarte.
Magdalena no pudo evitar soltar una risita. Su jefe era tan serio y frío por fuera, pero a puerta cerrada, era un descarado.
Su cuerpo temblaba con cada risa, frotándose involuntariamente contra el pecho de él.
La respiración de Renato se detuvo por un segundo; el brazo que la rodeaba por la cintura se apretó, y la hizo girar hasta que quedó frente a él.
—Parece que no tienes intención de dejarme dormir.
Al ver la oscuridad peligrosa en sus ojos, Magdalena murmuró.
—No fue a propósito.
Renato capturó sus labios, besándola con devoción, como si sus suaves movimientos estuvieran profanando algo sagrado.
Tras un largo y profundo beso, la mirada de él se oscureció aún más, y ambos quedaron con la respiración entrecortada.
Renato apoyó su frente contra la de ella y, luchando por controlar su respiración, dijo.
—Te queda un día. Si no te atreves a decirles, invitaré a tu padre a cenar y se lo diré yo mismo.
Magdalena asintió torpemente. Conociendo su carácter, sabía que no estaba bromeando. Esa charla ya no podía posponerse.
Al tenerla entre sus brazos, a Renato se le quitó por completo el sueño. A Magdalena le pasó lo mismo, así que se quedaron abrazados, charlando en voz baja.
La hora de almuerzo estaba por terminar. Magdalena no quiso arriesgarse a quedarse más tiempo y que la vieran salir de su oficina. Se puso los zapatos y se bajó de la cama.

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