Magdalena respiró hondo y trató de calmarse antes de volver al auto. Aunque la ventana estaba a medio bajar y el viento frío se colaba adentro, todavía se percibía un ligero olor a tabaco.
No supo qué decir, así que apretó los labios y se quedó en silencio.
El hombre a su lado la evaluó con la mirada. Un atisbo de curiosidad apareció en sus ojos, y en sus labios se dibujó una sonrisa indescifrable:
—¿Con el ánimo por los suelos?
Ella miró a Renato. Lázaro la había abrazado de imprevisto y ella no supo cómo reaccionar, por lo que no lo había apartado, pero para otra persona podría parecer diferente. Trató de justificarse:
—Lo que pasó allá... yo...
El apuesto rostro de Renato no mostraba ni una pizca de enojo. Estaba tan tranquilo como de costumbre. Probablemente había fumado bastante, porque su voz sonaba un poco rasposa:
—¿Ya dejaron todo claro?
Ella asintió suavemente:
—Sí, todo aclarado.
Renato encendió el auto y no volvieron a cruzar palabra en todo el trayecto. Magdalena apoyó la cabeza en la ventanilla, recordando la reacción de Lázaro. Sentía que él había actuado de forma demasiado inusual, pero tampoco parecía estar borracho.
Al llegar a Bahía del Sur, Renato bajó del auto y sacó la maleta de la cajuela. Tomó la maleta con una mano y con la otra rodeó los hombros de Magdalena para guiarla a la casa.
Olga los miró asombrada. Su mirada pasó de la mano en el hombro de Magdalena a la maleta de equipaje:
—Señor, esto es...
Renato empujó ligeramente la maleta hacia adelante:
—Llévale el equipaje a la joven señora a la habitación principal.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me Casé con el que Pagó Mi Venganza