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Me Casé con el que Pagó Mi Venganza romance Capítulo 286

Ella lo miró a los ojos, sin comprender por qué lucía como si hubiera recibido el peor golpe de su vida:

—Cuñado, ¿acaso no deberías alegrarte por mí?

—¿Alegrarme? —Lázaro soltó una carcajada amarga. Ni siquiera la tenue luz de la calle podía ocultar la extrema palidez de su rostro—. ¿Cuándo fue?

—Hace dos días —lo miró con curiosidad. Esa noche él parecía diferente; su mirada estaba cargada de un sufrimiento profundo.

Sus palabras derrumbaron por completo al hombre frente a ella. Retrocedió torpemente y terminó apoyándose en su propio auto. Estaba más pálido que antes:

—Tú...

El corazón le dolía tanto que sentía espasmos. El dolor punzante en el pecho le impedía respirar, como si lo estuvieran desgarrando poco a poco.

—¿Estás borracho? —le preguntó, porque si no, ¿por qué estaba actuando de forma tan extraña?

Lázaro se acercó rápidamente, la tomó por los hombros y reprimió la furia en sus oscuros ojos:

—¿Por qué... por qué no pudiste esperar un poco más?

Ella lo miró sin entender:

—¿Qué?

De pronto, él la abrazó. Su voz áspera temblaba de tristeza y dolor. Parecía que toda la noche se había vuelto miserable:

—Magda, ¿cómo pudiste... cómo pudiste hacerlo...?

Su llanto desgarrador ahogó su voz, haciéndolo incapaz de articular las palabras.

Magdalena estaba completamente desconcertada:

Miró al hombre maduro y centrado que tenía enfrente, y se dio cuenta de que hace mucho tiempo había dejado de conocerlo. Ya no entendía cómo funcionaba su mente.

—Cuando me abandonaste y te casaste con mi hermana, ¿acaso esperabas que siguiera locamente enamorada de ti? —rio ella por la rabia, una risa profundamente fría, y sus palabras fueron aún más cortantes—. Lázaro Guzmán, ¿qué tan egoísta puedes llegar a ser?

Sus palabras fueron como una daga afilada, clavándose sin piedad en su corazón. El dolor lo desgarró por completo.

De pronto, sintió ganas de reír, pero algo parecía asfixiarle la garganta, impidiéndole emitir un solo sonido.

¿Por qué sentía que él estaba tan triste, tan desesperado?

Ella no había dicho ninguna mentira. Todo era la absoluta verdad.

Lázaro la miró fijamente; sus ojos enrojecidos parecían querer reprocharle algo, pero al final no dijo una sola palabra. Se dio la media vuelta y caminó tambaleándose hacia su auto. Abrió la puerta, se subió y desapareció en la distancia.

En la silenciosa noche, el ruido del motor se convirtió en la marca más profunda del daño que podían hacerse dos personas que alguna vez se amaron.

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