En la mansión de la familia Sarmiento.
En la sala, Beatriz sonreía con Reina Guzmán en brazos. La pequeña se chupaba los dedos regordetes mientras sus ojos grandes, negros y redondos miraban de un lado a otro, llenos de vida y energía.
Ese día era el segundo cumpleaños de Reina. Beatriz y Octavio Sarmiento habían pensado inicialmente en organizarle una gran fiesta, pero Fátima Sarmiento se había negado cortésmente. Dijo que si consentían demasiado a una niña tan pequeña, terminaría volviéndose caprichosa; con que la familia se reuniera a comer sería suficiente.
Como no había muchos regalos que darle a una niña tan pequeña, el Señor Sarmiento le entregó un sobre con dinero como regalo.
El regalo de Beatriz consistía en varios conjuntos de ropa nueva para todas las estaciones del año. Casi todas las prendas eran de color rosa, como si su intención fuera vestirla como a una auténtica y tierna princesita.
En la entrada de la sala se escuchó la voz alegre de Teresa:
—Señor, Señora, la señorita Magdalena y su esposo han regresado.
Desde afuera, Magdalena y Renato ya podían escuchar el ambiente festivo en el interior. Ella entró a la sala aferrada del brazo de Renato con una mano y sosteniendo un pastel con la otra.
Al ver entrar a los dos, la respiración de Lázaro Guzmán se detuvo de golpe. Su mirada recayó en la mano que sujetaba el brazo de Renato. Sintió como si le hubieran clavado la afilada punta de un cuchillo directamente en el pecho, un dolor tan agudo que le causó espasmos; sentía que ni su propio cuerpo le pertenecía.
Una vez en la sala, Magdalena saludó a todos con una sonrisa en el rostro y luego le entregó su regalo a Reina para que se lo pusiera.
El regalo era un Amuleto de la paz, que habían comprado antes de llegar. Ella había tardado mucho tiempo en decidirse; con el consejo de Renato, terminó comprando el amuleto junto con un par de pulseras de cascabel.
Octavio Sarmiento, con una sonrisa de oreja a oreja, los saludó:
—Renato, ven, siéntate aquí.
Renato asintió levemente y, rodeando a Magdalena con el brazo, se sentaron en el otro lado del sofá.
En ese perfecto mes de octubre, era la época ideal para comer granadas. El árbol estaba repleto de pesados frutos de un rojo intenso, cuyo color resaltaba aún más bajo la luz del atardecer.
Los últimos rayos de sol se filtraban por las ramas, creando un juego de luces y sombras sobre el suelo. Las granadas eran tan grandes que hacían que una de las ramas se curvara hacia abajo; solo bastaba con estirar la mano para alcanzarlas.
Con la cabeza ligeramente levantada, su mirada se perdió en la distancia mientras aquellos vagos recuerdos comenzaban a volverse más nítidos en su mente.
Cuando vivía en Villa del Sauce, a ella le encantaba comer granadas; pero, al volver a la familia Sarmiento, sentía que a las granadas que compraban siempre les faltaba algo.
En su decimosexto cumpleaños, ella y Lázaro habían plantado aquel arbolito justo en ese lugar, y él le había dicho:
—A partir de ahora, todas las granadas que crezcan aquí serán solo tuyas, nadie te las va a quitar.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me Casé con el que Pagó Mi Venganza