El Dr. Sierra era el médico familiar de la casa principal de la familia Jiménez. Tendría unos cuarenta años, usaba unos lentes de marco grueso y era muy accesible.
Él respondió amablemente:
—Por favor, joven señora. Es mi deber.
Como no era apropiado por tratarse de un hombre, fue la enfermera asistente quien se encargó del examen médico completo de Magdalena Sarmiento.
Magdalena Sarmiento y la asistente subieron a la habitación del segundo piso. Al momento de ver los moretones en el cuerpo de Magdalena Sarmiento, la asistente abrió los ojos con gran asombro.
Sin duda, ser la esposa de un magnate adinerado no era tarea fácil. Estaba embarazada y aun así el Presidente Jiménez la trataba de ese modo, por lo que no pudo evitar sentir compasión por ella.
La enfermera se detuvo a observar el rostro sereno y dócil de Magdalena Sarmiento. Exponer esas lesiones y no sentirse humillada ni resentida, mantener semejante calma ante un extraño; eso, en verdad, hablaba de la fortaleza que poseía.
Tras terminar el examen médico, la asistente salió del cuarto a informarle al Dr. Sierra, quien aguardaba afuera.
Magdalena Sarmiento se puso su ropa y salió, notando cómo la mirada que le dirigió el Dr. Sierra en ese instante dejaba ver cierta turbación.
Sin prestarle atención a esos ojos extraños sobre ella, preguntó con tono de indiferencia:
—Si hay algún problema, infórmenselo a él. No deseo escucharlo.
El Dr. Sierra se acomodó los lentes en el puente de la nariz e intentó esbozar una sonrisa incómoda. Luego se marchó acompañado de su asistente.
Al salir de Bahía del Sur, el Dr. Sierra llamó a Renato Jiménez. Hablaba titubeando, lo cual hizo que Renato Jiménez frunciera apenas el ceño, albergando una preocupación inmensa que ocultaba bajo un tono imperturbable:
—¿Está ella bien?
El Dr. Sierra intentó encontrar las palabras adecuadas, pero al final lo dijo sutilmente:
—Señor, tanto la joven señora como el bebé están fuera de peligro; sin embargo, a pesar de que ya pasaron los primeros tres meses, la joven señora sigue estando embarazada...
Renato Jiménez comprendió de inmediato por qué había dudado en decírselo, y luego de guardar silencio unos instantes, inquirió:
—Si preguntan desde la mansión, ¿sabe qué tiene que decirles?

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