Renato dio un paso al frente con mucha cautela.
Al ver la cara de pocos amigos de Dani, tragó saliva y se armó de valor para intentar calmar las aguas:
—Coronel, la señorita Serrano... solo quería salvarlo. Va al hospital a operarlo, no es nada del otro mundo... ¿Nosotros... empezamos a investigar este secuestro?
La voz de Renato se fue apagando, aplastada por el aura intimidante que emanaba Dani.
Dani no contestó.
Simplemente se dio la media vuelta y se marchó.
En el fondo, sabía que él mismo se lo había buscado.
Él le había pedido que se alejara, y ella le estaba haciendo caso a la perfección.
Era él quien no lograba controlarse y terminaba metiéndose donde no lo llamaban.
Melisa llegó al hospital con Tobías.
Tras pasar por todos los protocolos de esterilización, se encendió la luz del quirófano y metieron a Tobías a la sala.
A esas alturas, el chico seguía en las nubes.
Ya no sentía tanto miedo por perder su carrera; en su mente solo estaba la mirada fría y hermosa de Melisa.
Esa chica era demasiado especial; se le había quedado grabada a fuego en la memoria.
En cuanto la anestesia hizo efecto, Melisa cruzó miradas con varios de los mejores cirujanos del lugar, entre ellos algunos médicos veteranos.
Juntos, iban a llevar a cabo esa innovadora y complejísima cirugía reconstructiva.
Como tenían que reparar el daño en las cuerdas vocales de Tobías milímetro a milímetro, además de asegurarse de que no quedaran cicatrices feas, la cirugía se prolongó hasta las siete de la noche.
Todo fue un éxito.
Al menos para Melisa, que logró implantar las células reparadoras en la zona afectada.
Ahora solo quedaba esperar a que esas células hicieran su trabajo y el tejido dañado se regenerara.
Gilberto y los demás médicos salieron exhaustos.
Mientras caminaban por el pasillo, uno de ellos comentó:
—Vamos a cenar algo. Yo llegando a mi casa me voy a quedar dormido enseguida. Esta cirugía de garganta me dejó molido, ya hasta veo borroso.
—Doctora, ¿qué se le antoja? Vamos a echarnos un buen taco.
Melisa negó con la cabeza.
—Tengo unos pendientes esta noche. Vayan ustedes.
La subasta de los locales de Plaza del Roble era a las ocho de la noche, así que no le daba tiempo de cenar.
La mamá de Patricia, vestida con un vestido ajustado de un rosa fucsia demasiado llamativo y un collar de perlas enormes, caminaba de un lado a otro con impaciencia.
Los demás papás que estaban con ella también iban muy arreglados: los hombres de traje impecable y las mujeres llenas de joyas, pero todos compartían la misma cara de molestia y ansiedad.
—¿Qué horas son estas? ¿Por qué no llega Yori? —chilló la mamá de Patricia, llamando la atención de algunas personas que, igual que ellos, estaban afuera por no tener acceso—. ¡El evento ya va a empezar! ¿Y nuestras invitaciones? ¿No que nos las iba a conseguir?
—¡Sí, oye! ¡Yo cancelé una cena importantísima por venir! —se quejó una señora con un vestido de lentejuelas, frunciendo el ceño—. ¿No será que nos está viendo la cara y ni siquiera pudo conseguirlas?
—¡Claro que no! —brincó un señor chaparrito y de complexión robusta, muy seguro de sí mismo—. ¡Estamos hablando de la novia del señor Soto! ¿Cómo no va a poder con algo tan sencillo? Seguro agarró tráfico.
—Sí, sí, hay que esperarla otro ratito —se consolaron los demás, aunque no dejaban de echar vistazos hacia la entrada.
Ver a tantos empresarios y gente de dinero pasar con sus invitaciones doradas solo los hacía sentir peor y les aumentaba el coraje.
Justo cuando ya estaban a punto de tirar la toalla, se escuchó a lo lejos un rugido de motores impresionante acercándose hacia la entrada.
Se trataba de una caravana de cinco Rolls-Royce Phantom negros, impecables y relucientes.
Avanzaban a un ritmo constante, imponentes, como un bloque de acero en movimiento.
Las estatuillas plateadas de los cofres brillaban bajo las luces de la calle.
La presencia de esos autos era tan abrumadora que hasta parecía que el aire se cortaba a su paso.
—¡No manches! ¿De quién es esa escolta? ¡Qué exageración! —soltó alguien impresionado.

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