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ME ECHARON POR FALSA, VOLVÍ REINA romance Capítulo 682

Dani hizo una pausa y también agarró una papa. Sus movimientos al pelar eran bastante precisos; después de todo, no era la primera vez que cocinaba.

Después de pelar una papa a la perfección, no desaprovechó la oportunidad de presumírsela a Nicanor en su cara.

—Este es el estándar a seguir.

Nicanor aventó su papa a la cubeta, luego agarró dos más y se las estampó en las manos a Dani.

—Entonces pela dos más. El que es bueno para algo, que trabaje al doble, ¿no?

Dani se quedó callado.

Al verlos discutir, Melisa no pudo aguantar la risa.

Esos hombres metidos en la cocina parecían más bien un grupo de niños jugando a la comidita.

Aunque, obviamente, hubo algunos accidentes en el proceso.

Nicanor era tan brusco lavando las verduras que salpicó agua por todo el piso y casi se resbala; por suerte, Orfeo, que estaba a su lado, lo agarró rápido.

Mateo se echó condimento en polvo encima sin querer, empezó a toser sin parar y casi se le salen las lágrimas. Para colmo, Nicanor se burló de él:

—Si tus empleados te vieran en estas fachas, se burlarían de ti por tres días seguidos.

Mateo se limpió la nariz y los ojos con una servilleta, y le contestó:

—Te pones a lavar verduras y pareces un puerco chapoteando en el lodo, ¿tú qué hablas?

Nicanor se quedó sin palabras. Orfeo soltó una carcajada; él era el alumno estrella de todos. Cada vez que Melisa pasaba cerca de lo que estaba preparando, no podía evitar chulear su excelente habilidad.

Al recibir los cumplidos, Orfeo se sintió de maravilla y con más energía para trabajar. Después de tallar un cisne perfecto con las guarniciones, sin pensarlo dos veces, agarró otra zanahoria para continuar con sus obras de arte.

Las risas, las burlas entre ellos y el sonido de las ollas y sartenes llenaron por completo la cocina.

Aunque todo era un caos y avanzaban muy lento, nadie se quejó de verdad. Al contrario, dentro de ese alboroto y trabajo en equipo, sintieron una alegría familiar que nunca antes habían experimentado.

Melisa andaba como trompo, yendo de un lado a otro para supervisar. A veces corregía la técnica de marinado de su hermano mayor, a veces le ayudaba a su segundo hermano a acomodar la comida en los platos, y otras veces tenía que ir a parar la infantil guerra de cáscaras de papa entre su tercer hermano y Dani.

Cuando Dani le pegó una cáscara de papa en la cara a Nicanor, el hombre pegó un grito:

—¡Dani! ¡Nunca me imaginé que fueras tan inmaduro!

Dani se encogió de hombros.

—¿De verdad? Yo también lo acabo de descubrir.

Nicanor soltó una carcajada de pura frustración.

El alboroto en la cocina era tanto que los tres adultos mayores ya no aguantaron estar sentados en el sofá. Leopoldo se asomó a la puerta de la cocina para ver qué estaba pasando, y detuvo a la señora Del Ríos cuando quiso entrar a ayudar.

Suspiró y dijo:

—Han pasado tantos años, y es la primera vez que veo a mis nietos tan felices. Esta felicidad tan ordinaria y hogareña es algo que yo siempre soñé, pero que nunca pude tener.

Al escuchar a Leopoldo, la señora Del Ríos vio a Dani batiendo torpemente la mezcla del pastel siguiendo las instrucciones de Melisa, a Mateo por fin logrando meter el pavo al horno, a Orfeo acomodando unas entradas frías espectaculares, e incluso a Nicanor acomodando obedientemente las verduras que ya había lavado...

Sonrió con alivio.

—Nada mal.

Dani sonrió ampliamente. Nicanor, que los vio desde atrás, les gritó:

—¡Están comiendo a escondidas y no me invitan!

Al ver a Dani conviviendo perfectamente con los Núñez, con una sonrisa en el rostro que Vasco rara vez lograba verle, el anciano se quedó pasmado.

Dani, que no había dejado de sonreír, sintió una mirada clavada en él. Volteó a ver, y la sonrisa en sus labios desapareció de inmediato; su postura relajada y su actitud se tensaron a simple vista.

No era culpa suya; los años de estricta crianza ya se habían convertido en una costumbre muy arraigada.

Frente a su abuelo, solo podía ser el Dani serio y compuesto de siempre.

—Abuelo —saludó en voz baja.

Leopoldo aplaudió para que los muchachos se acercaran al comedor y anunció:

—Les tengo una noticia: un viejito más se nos une a la cena de Navidad. Considerando que trajo regalos, supongo que nadie tiene inconveniente, ¿verdad?

Los tres hermanos miraron por instinto a Melisa y luego a Dani.

Ellos no tenían la última palabra en estas cosas; solo hacían caso a la opinión de Melisa. Lo que ella dijera, se hacía.

Vasco también se dio cuenta de que los Núñez solo respetaban la palabra de Melisa. Dio un paso adelante y le entregó la caja de regalo a la chica, diciendo con mucho autocontrol:

—Es para ti. Feliz Navidad.

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