—¡Este hombre es el profesor Paco Fausto! ¡Asesor principal del Instituto Nacional de Antropología de Monteverde, profesor emérito y una leyenda viviente de la arqueología en Monteverde! ¡Las piezas invaluables que ha autenticado y rescatado con sus propias manos serían suficientes para llenar un museo de talla mundial! ¡Cada palabra que sale de su boca tiene un peso absoluto en el mundo académico! ¿Cómo se atreven a insultarlo de esa manera?
La familia Durán poseía una influencia colosal gracias a su imperio naviero en Santa María. Como matriarca de la familia, la abuela Durán era una figura venerada por muchos. Su reprimenda feroz, cargada de un tono protector hacia el profesor, cayó como una roca gigante en un lago tranquilo, ¡desatando una ola de asombro total!
Nadie se atrevía a dudar de su palabra.
—¡No manches! ¡El asesor principal del INAH!
—Para que la señora Durán se ponga así de furiosa y responda por él personalmente...
—Y Gaspar diciéndole mentiroso y viejo cualquiera hace un minuto...
Camila sintió que el terror la invadía, pero más miedo le daba perder el proyecto. Si eso ocurría, sería el fin tanto para Grupo NovaTec como para su familia.
—¡Es imposible! Profesor, ¿por qué dice estas cosas justo ahora? ¿Acaso se alió con ellos para estafarnos?
Acostumbrado al respeto, el profesor Paco finalmente perdió la paciencia ante las constantes difamaciones. Soltó un suspiro, sacó su credencial del bolsillo y la mostró en alto.
—Llevo más de cuarenta años dedicando mi vida a la arqueología para este país. ¿Por qué tendría que engañar a alguien? Si no me creen, pueden revisar los registros oficiales. Mi trayectoria es impecable.
Los funcionarios del gobierno intercambiaron miradas al ver la credencial, y sus rostros se pusieron extremadamente serios.
Por su parte, los empresarios aficionados al coleccionismo que los rodeaban se llenaron de emoción al escuchar el nombre del profesor.
El director Clemente dio un paso al frente y se dirigió al profesor con sumo respeto.
—Profesor Paco, es un honor tenerlo aquí. Ya que esto concierne tanto a la seguridad del proyecto olímpico como a la preservación del patrimonio histórico, le ruego que nos dé su veredicto.
—¿Qué veredicto ni qué nada? Ya les dije que los terrenos A7 y A8 están perfectos —Gaspar estaba histérico y les gritó a los de seguridad—. ¡Saquen a esta gente de aquí! ¡Sáquenlos ya!
Los guardias se quedaron pasmados sin saber qué hacer. Uno de los funcionarios le recriminó a Gaspar:
—Si no hay ningún problema, ¿qué le preocupa que el profesor Paco haga una revisión y nos dé su opinión? ¿Acaso tiene miedo de que descubramos algo turbio?
En medio de la acalorada discusión, Melisa bajó la mirada hacia el suelo. Al mismo tiempo, Orfeo también notó un ruido extraño bajo sus pies.
Ambos poseían un sentido del oído mucho más agudo que el de una persona promedio. Orfeo inclinó la cabeza y le susurró:

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