—¡¿La discípula del Señor X?! —exclamó uno de los seguidores de Samuel, horrorizado. Con esa revelación, cualquier duda que les quedara se hizo trizas, y las miradas que dirigían a Samuel se transformaron en lástima, como si estuvieran viendo al bufón del año.
Otro estudiante en el público se dio una palmada en la pierna, como si acabara de recordar algo crucial.
—¡Lo sabía! ¡Por eso esa chica me resultaba tan familiar! ¡Fue la jueza invitada en el concurso Steinway de la región de Latinoamérica! ¡La discípula del Señor X! Recuerdo haber leído las noticias que publicaron por allá.
El problema era que el impacto de esa noticia había sido masivo en su continente de origen, pero los medios europeos apenas le habían dado cobertura, razón por la cual la mayoría de los estudiantes de la academia no tenían idea del asunto.
—Entonces, ¿con qué derecho Samuel se atrevió a criticar a Melisa con tanta seguridad ayer? Resulta que el que estaba hablando basura y engañando a todos era él.
Frente a las crecientes críticas y burlas del público, el orgullo de Samuel quedó pisoteado en el suelo. Simplemente no podía aceptar que Melisa fuera la alumna del gran maestro. Tratando de aferrarse desesperadamente a su ego herido, alzó la barbilla y escupió:
—Todo el mundo habla de la leyenda del Señor X en el festival de música, pero seamos honestos, ¡nadie de los que estamos aquí lo ha visto en persona! Dígame, profesor William, ¿usted ha visto al Señor X?
La pregunta de Samuel dio en el blanco. Efectivamente, el profesor William jamás lo había visto.
Samuel, sintiéndose victorioso, se giró hacia la vicedirectora Irene.
—¿Y usted? ¿Lo ha visto? —Y luego a otro profesor—. ¿O usted?
Ninguno de los profesores en la mesa del jurado había visto al Señor X en persona. Creyendo haber encontrado una falla en el sistema, Samuel soltó una carcajada llena de desdén.
—¡Ninguno de ustedes lo ha visto! ¿Y vamos a dejar que esta chica se convierta en jueza de la Clase S solo por lo que sale de su boca? ¡Esto es una farsa! ¡Una completa injusticia! ¡No pienso participar en este circo!
Danis, incapaz de tolerar que cuestionaran a Melisa, estaba a punto de estallar en insultos cuando ella simplemente tomó su micrófono y habló con una calma aplastante:
—No tienen que creer en mis palabras. Ustedes, los llamados "genios intocables", tienen la puerta abierta para desafiarme. Puedo responder cualquier duda que tengan. Pero de la misma manera, espero que puedan soportar el peso de mis preguntas. Si logran una tasa de aprobación de más del 80% bajo mi evaluación, les permitiré quedarse en la Clase S. De lo contrario, dependiendo de su desempeño, serán degradados. ¿Qué les parece?
Históricamente, las evaluaciones de nivel consistían en que los jueces elegían temas al azar y los estudiantes eran calificados por la ejecución de sus obras. Esta nueva dinámica —un duelo directo entre una jueza y los examinados— era algo nunca antes visto.
Los profesores se miraron entre sí, compartiendo un pensamiento silencioso: esos muchachos estaban cavando su propia tumba. Todos los presentes en la mesa conocían el aterrador nivel del talento musical de Melisa. Quien se atreviera a enfrentarla estaba buscando su ruina.
Sin embargo, el arrogante grupo de la Clase S se juntó de inmediato, llenos de confianza. Subestimaban por completo a esa "niñita" cuya fama, según ellos, era un fraude.
Al ver cómo el ambiente se transformaba, el sudor frío comenzó a resbalar por la frente de Eloísa. Aunque podría haber una pequeña esperanza de salir bien librada si los estudiantes ganaban, ella estaba pálida, su mirada divagaba presa del pánico y sus piernas apenas la sostenían.
Samuel la tomó del brazo.
—¿Qué te pasa? No me digas que crees que los prodigios de la Clase S no podrán destruir a una tipa que solo sabe recitar historia de la música.


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