Esa tarde, Dani estaba "casualmente" tomando un café en la oficina de Estela. Cuando Hansel entró a entregar unos documentos, los vio sentados juntos en el sofá; ella reía mientras le mostraba a Dani unas fotos en su celular de los nuevos diseños para su vestido de novia.
Hansel detuvo su paso y forzó una sonrisa profesional. —Señor Soto, qué sorpresa verlo aquí.
Dani levantó la vista, pasó su mirada desinteresada sobre las carpetas que Hansel llevaba y luego volvió a mirar a Estela.
—Director Salgado, buen trabajo —dijo Dani, con un tono tan suave como la brisa—. Deje los documentos ahí, Estela y yo estamos a punto de salir.
Estela lo miró sorprendida. —¿Adónde vamos?
—A esa cafetería que me mencionaste la otra vez. Ya hice una reservación. —Dani se levantó y le alcanzó el abrigo con una naturalidad como si lo hubiera hecho mil veces.
A Estela le brillaron los ojos.
Hansel se quedó petrificado, viendo cómo pasaban por su lado. Estaba a punto de colapsar.
Ya no soportaba la frialdad con la que Estela lo trataba últimamente, y mucho menos los rumores entre sus subordinados de que sus días en Alcázar estaban contados.
Si Dani lo reemplazaba, se quedaría sin trabajo y sin ingresos. No podría pagar ni los impuestos de la lujosa casa que había comprado.
—¡Estela! ¡Tenemos que hablar!
Hansel la llamó, mirándola con desesperación. —No puedes hacerme esto. No puedes conseguirte uno nuevo y desecharme así. Aunque no me ames, no puedes olvidar todo lo que...
—¡Cállate!
Estela lo interrumpió de tajo, fulminándolo con una mirada tan cruel y gélida que le dejó claro que, si se atrevía a decir una palabra más sobre lo que hubo entre ellos, se convertiría en su peor enemigo.
Hansel enmudeció. Apretó los puños una y otra vez, sin atreverse a articular palabra.
—¿Qué tipo de relación tienen ustedes dos? —preguntó Dani sin rodeos, captando la tensión en el ambiente.
La sospecha en sus ojos asustó a Estela, quien se apresuró a explicarse: —¡No tenemos ninguna relación! Es solo mi subordinado, ¡no me llega ni a los talones! No te imagines cosas raras.
¿No le llega ni a los talones?
Esa frase destrozó a Hansel. Sin poder soportarlo más, salió corriendo de la oficina, ahogado en una furia que no tenía cómo liberar.
Dani vio a Hansel irse, pero no dejó escapar a Estela tan fácilmente. —¿Me tomas por tonto? Mi instinto de hombre no falla. ¿Te estás acostando con él?
Estela no esperaba que él fuera tan perspicaz, pero lo interpretó de la mejor manera posible. Le pasó un brazo por los hombros y sonrió coqueta: —Nunca imaginé que llegaría el día en que te pusieras celoso por mí.

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