Dani no repitió la oferta. Simplemente se quedó mirándolo fijamente, y en sus ojos no había el más mínimo rastro de burla.
—¿Cómo te atreves siquiera a decir eso?
El shock dejó a Hansel balbuceando: —¿Te crees el dueño de Alcázar porque te va bien en Monteverde? ¿Crees que basta con abrir la boca para adueñarte de todo?
Pero Dani fue directo al grano: —¿Lo quieres o no?
Hansel se dio cuenta de que hablaba muy en serio.
—¿Pero... por qué lo harías?
—Porque tengo esposa —respondió Dani.
Hansel ató cabos en su mente y murmuró atónito: —¿Todo lo que hiciste con Estela fue una farsa? ¿Solo fingías para provocarme?
—Y funcionó a la perfección, ¿no? —replicó Dani con frialdad—. Perder el poder no es fácil de digerir.
El cartel de humillación en la puerta del bar, el desprecio clasista del hospital privado, la colegiatura impagable de su hermana, los impuestos de su mansión... Hansel había experimentado la crudeza de la desgracia en cuestión de días. El mundo entero le había dejado claro que, sin Alcázar, no era más que un pobretón sin linaje, condenado a ahogarse en la miseria por el resto de su vida.
¿Realmente quería vivir así?
Hansel se miró las manos temblorosas. Si perdía el Fondo Patrimonial, lo perdía todo. No tenía margen para apostar.
Y, sinceramente, no tenía la moral tan alta.
Tragando su orgullo, preguntó en voz baja: —¿Qué necesitas que haga?
—Aunque te he quitado clientes muy importantes, el registro matriz de toda la cartera comercial de Alcázar sigue en tus manos, ¿me equivoco? —Dani lo observó con una tranquilidad escalofriante, como si hablara del clima—. Llevas ocho años sentado en esa silla. Estoy seguro de que tienes respaldos de cada transacción que has manejado, del historial oscuro de cada cliente y de todo ese dinero manchado de sangre que has movido.
A Hansel se le encogió el estómago.
No dijo una sola palabra, pero su silencio y su rigidez fueron la confirmación perfecta.
Dani esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos y que le provocó un escalofrío a Hansel.
—Eres inteligente —dijo Dani—. Guardarte un as bajo la manga siempre es una buena estrategia.
Hansel apretó los labios y preguntó con la garganta seca: —¿Qué piensas hacer con eso?
—La pregunta no es qué voy a hacer yo. —Dani se inclinó ligeramente hasta quedar frente a frente—. La pregunta es, ¿qué vas a hacer tú?
Hizo una pausa antes de pronunciar cada palabra con una letalidad calculada:
—En esa lista de clientes del Fondo hay presidentes, políticos corruptos de varios países, altos ejecutivos de transnacionales... ¿Cuántos de esos hombres que fingen ser santos ante las cámaras usan Alcázar para lavar dinero y ocultar sus fortunas mal habidas?
La respiración de Hansel se agitó. —Yo no sé los detalles precisos. Si los supiera, Estela nunca se habría atrevido a tratarme así.
—Eres un veterano de Alcázar. Llegaste hasta la dirección comercial desde abajo. Sabes perfectamente dónde están guardados esos archivos confidenciales —murmuró Dani, y sus palabras golpearon a Hansel como un mazo—. ¿Qué crees que le pasaría a Julián Aguirre si esos documentos salieran a la luz?
Hansel lo entendió de inmediato.
Quería usar a los propios clientes para matar a Julián.

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