—Tiene cáncer de pulmón —dijo Melisa—. Su equipo médico ya no sabe qué hacer, me enviaron su historial clínico pidiendo que yo lo salve.
Dani se quedó en silencio por un momento, sintiendo que la situación era una burla del destino.
—¿Y planeas ayudarlo? —preguntó.
—No puedo salvarlo —respondió Melisa con total franqueza—. Primero, no quiero hacerlo. Y segundo, tiene un tipo de cáncer muy invasivo. Aunque es terminal como lo tuyo, no hay tiempo suficiente para investigar y crear un tratamiento exclusivo para él. Lo único que le queda es someterse a quimioterapias para alargar un poco su vida.
—¿Y ya les diste esa respuesta?
—Ya contesté el correo. Esto seguramente saldrá en las noticias muy pronto. El Gabinete Presidencial no tardará en moverse; Monteverde necesitará un nuevo mandatario.
Levantó la vista hacia su recién estrenado esposo:
—Con toda la influencia que tienes en Monteverde y tu historial de logros, si tú quisieras, los líderes conservadores te nombrarían presidente con los ojos cerrados.
Dani captó la indirecta, frunció el ceño y se giró para mirarla de frente:
—¿Quieres que me postule a presidente?
—¿Y si el pueblo te lo pide?
Eso era lo que realmente le preocupaba a Melisa.
—Yo solo te pertenezco a ti —respondió Dani con absoluta seriedad—. Podría aconsejar al nuevo presidente si es necesario, pero no voy a sacrificar el resto de mi vida por eso. Mi única regla ahora es que jamás me separaré de ti.
Una sonrisa se dibujó en el rostro de Melisa; tomó el rostro de Dani entre sus manos y lo besó.
—Entonces creo que tendremos que quedarnos unos meses más en el extranjero, no vaya a ser que secuestren a mi esposo para obligarlo a ser presidente.
Dani soltó una carcajada:
—Vas a tener que esconderme muy bien.
Los rumores corrieron más rápido de lo esperado.
Apenas un mes después, la noticia de que el Presidente Héctor Lozano estaba en estado crítico acaparó los titulares del mundo entero.
El Gabinete Presidencial convocó a reuniones de emergencia, las facciones políticas empezaban a moverse en las sombras, y Mateo andaba como loco; además de manejar todos los negocios del Grupo Soto, tenía que aguantar a la interminable fila de personas que iban a tantear el terreno.
—Tu marido es el hombre más codiciado del país ahora mismo —le dijo Mateo a Melisa por teléfono, sonando completamente agotado—. Esos viejos conservadores se la pasan viniendo a mi oficina, dándome a entender que si Dani quiere el puesto, ellos lo apoyarán incondicionalmente.
Melisa, recostada en el sofá y acariciándose el enorme vientre, respondió con pereza:
—Pero él no quiere.
—Lo sé —suspiró Mateo—, pero hay gente muy terca. Lo mejor es que se queden lejos de todo esto y esperen a que pase la tormenta.
Melisa miró de reojo a Dani, que estaba en la cocina preparándole un jugo, y sonrió levemente.
—Ya estamos bastante lejos, literal del otro lado del mundo.
Mateo suavizó su tono de voz:
—¿Cómo está mi sobrinito? Ya casi nace, ¿no?
Melisa asintió, aunque él no pudiera verla:
—La fecha del parto es en dos semanas.
—El abuelo y los demás llegarán en un par de días. Orfeo, Nicanor y yo nos retrasaremos un poco. Hubo un problema con Orfeo; su asistente renunció y últimamente tiene mucho trabajo —comentó Mateo.
Melisa se sorprendió:
—¿Emilia renunció? ¿Por qué?
—Dijo que iba a regresar a su pueblo para unas citas a ciegas que le arreglaron.

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