—Eres increíble, mi amor, eres increíble...
—Estoy aquí, siempre estaré aquí contigo...
Melisa lo miraba. Veía su rostro concentrado, la inmensa preocupación y devoción en sus ojos, y sentía una mezcla de ternura y tristeza.
En el momento cúspide del dolor, cuando casi perdía el conocimiento, todavía podía escuchar su voz susurrándole al oído:
—Melisa, escúchame bien. Si te pasa algo, te juro que me voy al más allá contigo y con el niño.
Esa frase la hizo reír de pura indignación. Abrió los ojos de golpe y lo fulminó con la mirada: —¡Ni aunque te mueras tú me va a pasar algo a mí!
Él la miró con los ojos llenos de lágrimas, pero esbozó una sonrisa.
Y justo en ese instante, una fuerte contracción la atravesó. Ajustó su respiración, pujó con todas sus fuerzas, soltó un grito ahogado y...
El llanto de un bebé inundó la sala de partos.
El equipo médico rápidamente tomó al bebé para limpiarlo, y la partera anunció con alegría: —¡Felicidades, es un niño!
Dani ignoró el comentario por completo. Se inclinó para pegar su frente a la de Melisa, aferrando su mano, con el corazón destrozado al ver todo lo que ella había sufrido.
—Nunca más te dejaré pasar por esto —le prometió, aún temblando, no por la sangre, sino por el miedo de haberla perdido.
Melisa sonrió débilmente al escucharlo. —Ya pasó... ve a abrazar a tu hijo.
Cuando Dani tomó a esa pequeña criaturita en brazos, al ver esa versión en miniatura de sí mismo, sus ojos enrojecidos finalmente derramaron lágrimas de pura felicidad.
—Hola —susurró, con la voz completamente rota—. Soy papá.
El pequeñín se removió, soltó un bostecito diminuto y siguió durmiendo.
Dani sonrió.
Una sonrisa mucho más cálida que los rayos de sol que entraban por la ventana.
Regresó junto a Melisa con el bebé en brazos y lo acostó suavemente sobre la almohada, junto a ella.
Melisa giró la cabeza para ver a esa pequeña vida, y sus ojos también se llenaron de lágrimas.
—Se parece a ti —dijo.
Dani negó con la cabeza: —Se parece a ti, es hermoso.
Melisa sonrió y extendió la mano para acariciar la mejilla del bebé.
—¿Cómo lo llamaremos? —preguntó—. Hemos hablado de esto por meses sin llegar a nada. Ahora que ya nació, ¿tienes alguna idea?
Dani lo pensó un momento y dijo con firmeza: —Fidel Soto Serrano.
Melisa se sorprendió un poco.
—Fidel, por fidelidad —explicó él—. Te prometí que jamás me apartaría de tu lado en esta vida. Él es nuestra promesa encarnada.
Todos quedaron de piedra ante sus palabras, pero al asimilarlo, pudieron entender su pensamiento casi obsesivo.
Dar a luz era, al fin y al cabo, el momento de mayor peligro y vulnerabilidad en la vida de una mujer. ¿Cuántas esposas de hombres ricos habían fallecido por hemorragias o embolias? Leer las noticias era suficiente para aterrar a Dani; no estaba dispuesto a apostar la vida de su mujer bajo ninguna circunstancia.
Vasco Soto abrió la boca para decir algo, pero al ver la mirada intransigente de su hijo, suspiró y guardó silencio.
La señora Del Ríos se acercó a la cama de Melisa, le tomó la mano y, con los ojos llorosos, le dijo: —Melisa, mi niña, encontraste a un gran hombre.
Melisa sonrió: —Sí.
Leopoldo Núñez se quedó callado un momento, hasta que golpeó el suelo con su bastón. —¡Muy bien! ¡Tienes agallas! Eres mejor hombre que mis hijos a tu edad.
Los tres hermanos de la familia Núñez lo miraron indignados.
Nicanor todavía no salía de su asombro: —Oye, ¿estás hablando en serio? ¿Y si luego quieren una hija?
Dani respondió con calma: —Si queremos una niña, podemos adoptar. O si tú tienes una, me la traes para jugar.
—¡A mí qué me dices! —saltó Nicanor, ofendido—. ¡Yo ni siquiera sé dónde voy a terminar!
Toda la habitación estalló en carcajadas.
Solo Melisa tenía una mirada pensativa. Hacía poco, Teresa le había enviado un mensaje; dentro de poco, ella y su hija regresarían al país.
La hija que Nicanor no sabía que tenía era, de hecho, una niña preciosa, como una muñequita de porcelana.

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