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ME ECHARON POR FALSA, VOLVÍ REINA romance Capítulo 873

Al salir de la habitación de su hermana, la sonrisa en el rostro de Nicanor Núñez se desvaneció lentamente.

Caminó hacia el pasillo y contestó una llamada.

En el pasado, tras la drástica y trágica desaparición de Teresa Manrique al caer al mar, fueron las palabras de su hermana Melisa las que lo mantuvieron aferrado a la convicción de que ella seguía viva en algún rincón del mundo.

Habían pasado innumerables días y noches, y él seguía extrañándola como un loco. Incapaz de contenerse, había desplegado equipos enteros de personas para buscarla por todo el mundo.

Sin embargo, las estaciones pasaban y seguía sin haber respuesta.

Después de haber registrado exhaustivamente otro país, la voz al otro lado de la línea informó: —Lo siento, señor Núñez. Seguimos sin encontrar ningún rastro de la señorita Teresa. No parece estar en los Estados Unidos. ¿Continuamos la búsqueda en el siguiente destino?

Ese método de búsqueda era, literalmente, buscar una aguja en un pajar. Las probabilidades eran casi nulas.

Nicanor se quedó en silencio durante mucho tiempo, mirando las hojas de otoño esparcidas en el suelo, hasta que murmuró lentamente: —Retiren a los hombres.

La persona al otro lado pareció soltar un suspiro de alivio. —Entendido.

Pero apenas unos instantes después de colgar, envió un mensaje de texto.

[Olvídalo, sigan buscando.]

Simplemente no podía dejarla ir. El arrepentimiento y la desesperación por verla no se habían desvanecido con el tiempo; al contrario, se habían vuelto más agudos y dolorosos.

No debió ocultar sus verdaderos sentimientos.

Él la amaba.

Ahora que se había convertido en un hombre de poder inquebrantable, donde nada ni nadie podía interferir con sus decisiones, se daba cuenta de que la había perdido a ella.

Aún tenía asuntos que resolver en Colombia. Tras quedarse un momento de pie en la entrada del hospital, Nicanor subió a su auto.

Era un día festivo, y cerca del hospital había un gran complejo comercial, lo que convirtió el trayecto en un embotellamiento caótico. Nicanor iba sentado en la parte trasera, con la mirada perdida en los autos que avanzaban a paso de tortuga, profundamente sumido en sus pensamientos.

El auto se detuvo bruscamente frente a un paso peatonal, esperando la luz del semáforo.

La brisa otoñal soplaba suavemente, arrastrando las hojas caídas.

Nicanor desvió la mirada hacia los peatones que cruzaban la calle. A poca distancia, una mujer con un suéter ligero y un bolso cruzado caminaba empujando un cochecito de bebé. A su lado, un hombre la acompañaba; de vez en cuando, ella giraba el rostro, sonreía y le decía un par de cosas. La hermosa niña en el cochecito agitaba sus manitas. La escena irradiaba una felicidad tan abrumadora que a él le pareció dolorosa.

Pero cuando la mujer giró el rostro en su dirección, Nicanor se quedó petrificado, clavando la mirada en los rasgos de ella.

Segundos después, el semáforo cambió a verde y el flujo de vehículos ocultó aquella figura tan familiar.

La voz de Nicanor salió como un siseo entre sus dientes apretados: —Estaciónate. ¡Ahora!

El guardaespaldas también se dio cuenta de que se trataba de la mujer en la que su jefe no dejaba de pensar. Giró el volante bruscamente y forzó el auto para estacionarse a un lado de la acera.

El coche que venía detrás estuvo a punto de chocar. El conductor sacó la cabeza por la ventanilla con la cara roja de furia, pero cuando vio a Nicanor bajarse del auto, y sobre todo, al recibir esa mirada intimidante y asesina, cerró la boca de golpe.

Nicanor cruzó la calle a grandes zancadas. El guardaespaldas bajó detrás de él, se acercó al auto al que casi chocan y arrojó un fajo de billetes por la ventana. —Para cubrir las molestias.

Eran cinco mil dólares en efectivo. El rostro del conductor se iluminó de inmediato.

Pero a Nicanor ya no le importaba nada de eso. Su mirada estaba clavada en esa silueta que estaba a punto de desaparecer entre la multitud. Acortó la distancia casi corriendo.

—Felipe, vámonos.

Empujó el cochecito, con la intención de rodearlo.

Nicanor extendió el brazo para bloquearle el paso, con la voz cargada de tensión: —¿A dónde crees que vas?

El hombre llamado Felipe volvió a interponerse, esta vez con los puños apretados: —Oiga, señor, le pido que nos respete.

La mirada de Nicanor se volvió de hielo.

Aunque durante los últimos dos años había tratado de contenerse, la crueldad y la agresividad que llevaba en la sangre jamás habían desaparecido. Al ver a ese hombre defendiendo a Teresa, una ola de celos, posesividad y furia reprimida se apoderó de él.

—Hazte a un lado —ordenó con voz sepulcral.

Felipe no se movió. Nicanor dio un paso al frente, y la abrumadora presencia que emanaba de él casi dejó sin aire al otro hombre. El aura de Nicanor era tan imponente que el rostro de Felipe empalideció.

Teresa se paró delante de Felipe y esbozó una leve sonrisa hacia Nicanor.

Fue una sonrisa fría, cargada de sarcasmo y teñida de una tristeza indescriptible.

—Nicanor Núñez —pronunció su nombre con frialdad y burla—, ¿acaso quieres sacar tu arma otra vez?

Nicanor se estremeció.

—Como en el pasado —continuó Teresa, mirándolo fijamente a los ojos—Sin importar los motivos, sin preguntar quién tiene la razón. Solo porque algo no te agrada, sacas tu arma y lastimas a la gente.

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