Pero no hizo absolutamente nada.
Se quedó sentado en el auto, con la mirada fija en las puertas del supermercado, paralizado como una estatua.
Las palabras de Melisa resonaban una y otra vez en su cabeza.
"Lleva las cosas con calma."
"Sé un poco más tierno."
Cerró los ojos y dejó caer la cabeza contra el asiento.
Pero sus manos temblaban de furia.
A las ocho de la noche, en el departamento de Teresa.
En la cocina, Teresa y Felipe trabajaban juntos preparando la cena. La ventana de la cocina que daba al exterior estaba abierta, y a la luz cálida de la lámpara, ambos hacían una pareja bastante armoniosa.
Era innegable que Felipe tenía buen aspecto, con una fachada de hombre maduro, amable y responsable.
Mientras tanto, en las sombras, Nicanor mantenía la cabeza gacha. Con el rostro desprovisto de emociones, limpiaba meticulosamente un arma negra. La opresiva aura que irradiaba tenía a sus guardaespaldas petrificados; apenas se atrevían a respirar y los vellos de la nuca se les erizaban.
Lo que más temían no eran los estallidos de ira de su jefe, sino ese silencio letal. Mientras más calmado se mostraba, más devastadora sería la explosión.
En la mesa ya estaban servidos los cortes de carne, las verduras asadas y la botella de vino. Lulú, sentada en su sillita, luchaba con un pedazo de carne usando su tenedor, terminando con la carita cubierta de salsa.
Teresa, entre risas, le limpió la boca. Luego levantó su copa y tomó un pequeño sorbo.
Al terminar de cenar, la niña ya estaba cabeceando de sueño, así que Teresa la llevó a su habitación para acostarla.
Cuando volvió a salir y vio que la botella de vino sobre la mesa ya estaba vacía, dijo: —Creo que ya fue suficiente. Tú te encargaste de casi toda la cena, déjame recoger los platos.
—Teresa... —Felipe la miró, con los ojos ligeramente nublados—. ¿De verdad tienes que irte? ¿No puedes dejar que te acompañe? Te prometo que puedo buscar trabajo allá.
Teresa, que había empezado a apilar los platos, se detuvo y lo miró con serenidad: —Felipe, ya habíamos hablado de esto. Hoy era la cena de despedida.
—Pero no quiero despedirme —replicó él, con la voz áspera—. Me gustas, Teresa. Me has gustado desde el primer día que te vi.
Teresa guardó silencio.
Felipe insistió: —Sé que tienes un pasado, sé que ese hombre te hizo daño y sé que tienes miedo. Pero yo soy diferente. Te trataré bien, trataré bien a la niña, puedo darles el hogar seguro que necesitan. ¿Por qué no me das una oportunidad?
Teresa soltó un suspiro. —Felipe, tomaste demasiado. No voy a cambiar de opinión. Solo te veo como un amigo, no estoy buscando una relación.
—¡No estoy borracho! —exclamó él, alzando la voz. Bajo el efecto del alcohol, su frustración y enojo comenzaron a aflorar—. Es que no lo entiendo. ¿En qué soy menos que ese hombre? ¡Él te dejó sola durante el embarazo, te dejó sufrir y vivir a escondidas! ¿Y yo? Yo estoy dispuesto a cuidarte, a velar por ti y por tu hija. ¿Por qué te niegas siquiera a mirarme?
Teresa se puso de pie, su tono se volvió mucho más frío: —Felipe, no hagas esto.

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