Los dos policías se miraron desconcertados. —Comandante, el sujeto fue detenido por lesiones graves. La víctima tiene ambos brazos fracturados y tres costillas rotas, ya buscaron un abogado para presentar la demanda...
—¡Cállate! —el comandante los fulminó con la mirada, y luego se volvió hacia Nicanor, transformando su expresión instantáneamente en una de servilismo total—. Señor Núñez, esto es un gran malentendido, todo es un malentendido. Estos novatos no saben lo que hacen, le ruego que los perdone.
Nicanor levantó la vista para mirarlo.
No dijo nada.
El sudor empezó a correr a mares por la frente del comandante.
Se apresuró a acercarse él mismo y, con las manos temblorosas, buscó las llaves para quitarle las esposas, balbuceando: —En este mismo instante pediré que lo escolten a su casa. Le aseguro que tomaremos cartas en el asunto, ese sujeto, el tal Felipe y la señora que llamó levantando falsos... Ninguno se va a salir con la suya.
Nicanor se frotó las muñecas y se puso de pie.
Caminó hacia la salida, pero de pronto se detuvo.
—Comandante.
El hombre prácticamente corrió a su lado: —Dígame, señor, lo que necesite.
Nicanor levantó ligeramente la mano cuyo dorso había quedado rojo e inflamado por el golpe, y comentó con un tono glacial: —Tienen agentes muy violentos... ah, y sobre lo de ese tipo...
Al ver el golpe en la mano, la cara del comandante se paralizó. Una ola de terror puro lo inundó por dentro.
—¡Mis más sinceras disculpas! —se inclinó rápidamente haciendo una reverencia de noventa grados, pidiendo perdón con voz suplicante—. Le doy mi palabra de que yo mismo me ocuparé de que esto se resuelva de la manera que a usted le resulte más favorable.
El policía que lo había golpeado sintió que el alma se le caía a los pies al ver cómo su superior actuaba con tanta sumisión.
Nicanor abrió la puerta y salió.
En el instante en que la puerta se cerró tras él, el comandante le soltó una patada brutal en la pierna al agente. —¡¿Quién diablos te crees para ponerle un dedo encima?! ¡¿Sabes con quién te acabas de meter?!
El policía casi cae de rodillas, sosteniéndose del escritorio con los ojos desorbitados por el miedo: —Comandante, se lo juro, él no quería cooperar y yo...
—¡Su apellido es Núñez! ¡Es de la familia más poderosa de Monteverde! ¡El hombre que controla el mercado global de armas! ¡¿A ver si ahora sí entiendes?! —rugió el comandante.
Al escuchar su verdadera identidad, el policía se bañó en sudor frío. —Dios mío, comandante, yo...
El comandante lo cortó de tajo, gritando a todo pulmón: —¡A mí no me pidas perdón! ¡Mueve el culo y arréglale el maldito problema al señor Núñez! ¡Investiga al tal Felipe y a la bruja de su madre! ¡Búscale cualquier antecedente! ¡Investiga si evaden impuestos! ¡Escarba en toda su maldita genealogía hasta que encuentres algo para hundirlos! ¡Quiero todo su expediente!
Los dos policías salieron disparados de la habitación, casi tropezando entre sí.
El comandante se secó el sudor de la frente, sacó su celular y marcó a toda prisa.
—Bueno, ¿secretario Lira? Sí, sí, soy yo... Verá, es que esta noche hubo un pequeño malentendido con el señor Núñez, pero justo acaba de salir de la delegación. Sí, claro, no se preocupe, la situación ya está bajo control. Personalmente me encargaré de asignarle al mejor bufete de abogados de la ciudad, pierda cuidado... Sí, por supuesto...


Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ME ECHARON POR FALSA, VOLVÍ REINA