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ME ECHARON POR FALSA, VOLVÍ REINA romance Capítulo 881

Los guardaespaldas sentados en la parte delantera del vehículo escucharon a su implacable jefe suplicar perdón de una manera tan humillante que sus pupilas se dilataron por la impresión.

Sin embargo, ante esa disculpa tardía, Teresa Manrique apenas pestañeó. Cualquier rastro de emoción en sus ojos desapareció rápidamente, volviendo a la frialdad de un lago congelado.

—Señor Núñez —dijo Teresa en voz baja—. Se ha equivocado de persona, y no necesito sus disculpas.

Ella clavó la mirada en los ojos ligeramente enrojecidos del hombre.

—En cuanto a lo que pasó con Felipe Valenzuela, se lo agradezco. Si alguna vez necesita un favor, haré lo que esté en mis manos.

Nicanor Núñez supo en ese instante que entre ellos se había alzado una montaña infranqueable.

El auto se detuvo frente a la entrada del departamento.

Teresa bajó con la niña en brazos, y el hombre la siguió de cerca.

Ella no abrió la puerta. Simplemente se giró para mirarlo.

—Es muy tarde. No invitaré al señor Núñez a pasar.

—¿No acabas de decir que si necesitaba un favor, harías lo que estuviera en tus manos?

Él le extendió el brazo para que lo viera.

—Estoy herido, Teresa. Hazme el favor de curarme y luego me iré. ¿Qué dices?

Ante esa excusa, Teresa no tuvo forma de negarse. Abrió la puerta y lo dejó entrar.

Primero acostó a la niña en la cama hasta que se durmió. Luego, buscó el botiquín de primeros auxilios, lo puso sobre la mesa de centro y lo abrió.

Nicanor se sentó en el otro extremo del sofá, observándola mientras revisaba el botiquín. Su cabello estaba un poco más corto que hace tres años, recogido en la nuca, dejando a la vista su esbelto y elegante cuello.

Ahora irradiaba el encanto inconfundible de una mujer madura, luciendo aún más deslumbrante que antes. Sin embargo, verla usar ropa tan sencilla y desgastada hizo que a Nicanor se le oprimiera el pecho.

Él debió haberle dado una vida mejor, una familia feliz.

—Extiende el brazo —ordenó Teresa sin siquiera levantar la vista.

Nicanor obedeció. La marca roja iba desde la muñeca hasta la mitad del antebrazo. Era evidente que había sido golpeado con fuerza; la piel estaba inflamada y los bordes ya se tornaban de un tono violáceo.

Ella vertió un poco de yodo en un algodón y comenzó a desinfectarlo. Sus movimientos eran muy suaves, pero Nicanor encogió un poco la mano.

—¿Te duele?

—No.

Nicanor la miró fijamente y preguntó:

—¿Cuándo planeas regresar a Monteverde?

—Ya veré —respondió Teresa con indiferencia.

—¿Dónde has estado todos estos años? —insistió—. Te busqué por todas partes.

Teresa no respondió. Simplemente terminó de vendarlo y le mostró la puerta.

—Ya debes irte.

—Tengo un poco de hambre —murmuró Nicanor en voz baja—. Me duele el estómago de no haber comido, Teresa.

—Mamá —dijo con voz áspera—. ¿La policía averiguó quién es ese tipo? ¿Qué van a hacer al respecto?

—¡Se apellida Núñez! —gruñó la señora entre dientes—. Escuché que es un pez gordo. ¿Se cree muy importante por tener dinero? ¿Cree que puede golpear a la gente así nada más? Te juro que ya hablé con el abogado. ¡Dejarte en este estado es suficiente para que lo encierren por años! Podemos exigirle una compensación hasta dejarlo en la calle. ¡Ya veremos quién arruina a quién!

Felipe no dijo nada. En ese momento, la puerta de la habitación se abrió y entraron dos policías uniformados.

—Señor Valenzuela —dijo el policía más alto, mostrando su placa—. Somos de la comisaría local. Necesitamos verificar cierta información con usted.

La madre de Felipe se interpuso de inmediato.

—¡Mi hijo acaba de despertar! ¿Está en este estado y vienen a interrogarlo? ¿Qué hicieron con el animal que lo golpeó?

El abogado dio un paso al frente.

—El estado de salud de mi cliente es muy delicado. Si tienen preguntas, pueden dirigirse a mí primero.

—De acuerdo —respondió el policía, sacando una hoja de su bolsillo—. Hablar con usted servirá. El gimnasio de Muay Thai que dirige el señor Valenzuela, el 'Club de Combate Filo', tiene tres actas de inspección de bomberos reprobadas en los últimos dos años. La más reciente fue el mes pasado: las salidas de emergencia estaban bloqueadas y los extintores vencidos. Se le ordenó hacer reformas, pero según nuestra inspección de ayer, no ha solucionado absolutamente nada.

El rostro de la señora palideció.

—E-eso es un asunto menor.

—Además —continuó el policía—, las medidas de seguridad del club son deficientes. En marzo del año pasado, un estudiante sufrió una conmoción cerebral por no llevar equipo de protección. Ustedes no pagaron indemnización ni reportaron el incidente. El año anterior, un instructor usó métodos prohibidos que terminaron en la rotura de ligamentos de un alumno. Ninguno de estos incidentes está en los registros oficiales.

Los labios de la anciana comenzaron a temblar.

—¿A qué vinieron exactamente? ¡Se supone que íbamos a hablar de la agresión a mi hijo! ¡Qué tiene que ver su gimnasio en todo esto!

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