Los guardaespaldas sentados en la parte delantera del vehículo escucharon a su implacable jefe suplicar perdón de una manera tan humillante que sus pupilas se dilataron por la impresión.
Sin embargo, ante esa disculpa tardía, Teresa Manrique apenas pestañeó. Cualquier rastro de emoción en sus ojos desapareció rápidamente, volviendo a la frialdad de un lago congelado.
—Señor Núñez —dijo Teresa en voz baja—. Se ha equivocado de persona, y no necesito sus disculpas.
Ella clavó la mirada en los ojos ligeramente enrojecidos del hombre.
—En cuanto a lo que pasó con Felipe Valenzuela, se lo agradezco. Si alguna vez necesita un favor, haré lo que esté en mis manos.
Nicanor Núñez supo en ese instante que entre ellos se había alzado una montaña infranqueable.
El auto se detuvo frente a la entrada del departamento.
Teresa bajó con la niña en brazos, y el hombre la siguió de cerca.
Ella no abrió la puerta. Simplemente se giró para mirarlo.
—Es muy tarde. No invitaré al señor Núñez a pasar.
—¿No acabas de decir que si necesitaba un favor, harías lo que estuviera en tus manos?
Él le extendió el brazo para que lo viera.
—Estoy herido, Teresa. Hazme el favor de curarme y luego me iré. ¿Qué dices?
Ante esa excusa, Teresa no tuvo forma de negarse. Abrió la puerta y lo dejó entrar.
Primero acostó a la niña en la cama hasta que se durmió. Luego, buscó el botiquín de primeros auxilios, lo puso sobre la mesa de centro y lo abrió.
Nicanor se sentó en el otro extremo del sofá, observándola mientras revisaba el botiquín. Su cabello estaba un poco más corto que hace tres años, recogido en la nuca, dejando a la vista su esbelto y elegante cuello.
Ahora irradiaba el encanto inconfundible de una mujer madura, luciendo aún más deslumbrante que antes. Sin embargo, verla usar ropa tan sencilla y desgastada hizo que a Nicanor se le oprimiera el pecho.
Él debió haberle dado una vida mejor, una familia feliz.
—Extiende el brazo —ordenó Teresa sin siquiera levantar la vista.
Nicanor obedeció. La marca roja iba desde la muñeca hasta la mitad del antebrazo. Era evidente que había sido golpeado con fuerza; la piel estaba inflamada y los bordes ya se tornaban de un tono violáceo.
Ella vertió un poco de yodo en un algodón y comenzó a desinfectarlo. Sus movimientos eran muy suaves, pero Nicanor encogió un poco la mano.
—¿Te duele?
—No.
Nicanor la miró fijamente y preguntó:
—¿Cuándo planeas regresar a Monteverde?
—Ya veré —respondió Teresa con indiferencia.
—¿Dónde has estado todos estos años? —insistió—. Te busqué por todas partes.
Teresa no respondió. Simplemente terminó de vendarlo y le mostró la puerta.
—Ya debes irte.
—Tengo un poco de hambre —murmuró Nicanor en voz baja—. Me duele el estómago de no haber comido, Teresa.

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