—Hoy va a estar imposible encontrar estacionamiento cerca del colegio —comentó Teresa Manrique.
—Adelántense ustedes, yo las alcanzo en cuanto encuentre lugar —dijo Nicanor Núñez deteniendo el auto en la entrada.
Apenas se bajó, Lucía corrió dos pasos hacia adelante, pero de inmediato se dio la vuelta para despedirse de Nicanor con la mano. —¡Señor Núñez, no tarde! ¡Acuérdese de que mi salón está del lado de la cancha, ahí lo espero!
Nicanor bajó la ventanilla y le dedicó una sonrisa. —Está bien, los alcanzo en un minuto.
Teresa tomó a Lucía de la mano y entraron por el portón del colegio. El ambiente ya estaba lleno de bullicio.
En la cancha principal habían instalado alfombras de colores y colgado globos y serpentinas por todas partes. Algunos maestros seguían arreglando los obstáculos para las carreras.
Los padres estaban agrupados en pequeños círculos; algunos platicaban animadamente, otros aprovechaban para tomarles fotos a sus hijos.
El grupo de Lucía estaba en el extremo este de la cancha, donde la maestra ya estaba pasando lista.
Mientras Teresa se acercaba con su hija, sintió de inmediato que un par de miradas hostiles se clavaban en ella.
Prefirió ignorarlas. Se agachó, le acomodó el cuello de la sudadera a Lulú y le susurró: —Mamá va a estar sentada en las gradas de allá. Si necesitas cualquier cosa, ven a buscararme.
Lucía asintió feliz, le dio un beso en la mejilla y salió corriendo a reunirse con sus amiguitos.
Para ese momento, la atención de varios padres ya estaba centrada en ellos. Algunos murmuraban entre dientes, otros fingían no escuchar, pero todos tenían las orejas bien paradas.
Teresa apretó los puños, pero luego los soltó lentamente. —Mamá de Leonel, hay niños que tienen a sus dos padres y aun así actúan como si los hubieran criado en la calle.
Silvia enrojeció de rabia, lista para insultarla a gritos. Sacudió el brazo de su esposo y soltó: —¡Mira nada más a esta mujerzuela! ¡Se acuesta con cualquiera y todavía se hace la decente!
Ricardo Benítez se aclaró la garganta, dio un paso al frente y adoptó una postura altanera. —Señorita Manrique, mi esposa puede ser un poco directa, pero tiene razón. Una cualquiera como usted no debería ni siquiera asistir a este tipo de eventos. ¿No se da cuenta de la mala influencia que es para los otros niños? Quedó embarazada sin casarse, seguro ni sabe quién es el papá. ¿Cómo pretende que su hija tenga una vida normal en este colegio? Pregúntele a los padres aquí presentes, ¿quién dejaría que su hijo juegue con una niña que ni siquiera tiene padre?
El silencio cayó sobre la cancha deportiva.

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