Al enterarse de que era obra de su propia hermana, la furia de Nicanor se redujo a la mitad, y procedió a llamarla.
Melisa Serrano ya sabía que la buscaría y fue bastante clara: —Jamás dije que no pudieras seguir cortejándola. Pero con quién salga ella, o con cuántos, no es asunto en el que debas meterte.
Nicanor apretó los dientes. —¿Y si se enamora de alguno de ellos? ¿Qué quieres que haga, que me quede vistiendo santos?
Melisa soltó una risita. —¿Tan poca confianza te tienes? ¿De verdad crees que vas a perder contra un montón de mediocres?
Nicanor guardó silencio un par de segundos y se rió con amargura. —A los ojos de Teresa, puede que de verdad esos mediocres valgan más que yo, al menos ellos le ofrecen tranquilidad.
—Hermano, creo que estás entendiendo todo mal —Melisa borró su sonrisa y dijo suavemente—. Teresa siempre supo que en tu vida no existe la palabra 'tranquilidad', y aún así se enamoró de ti, ¿o no? Fuiste tú quien lo arruinó todo con tus propias manos.
Nicanor bajó la mirada y murmuró: —Pero las personas cambian.
—Exacto, las personas cambian. Hoy ya no te ama, pero eso no significa que no pueda volver a amarte jamás —dijo Melisa con calma—Todo depende de lo que hagas a partir de ahora.
Nicanor apretó los labios, sintiéndose algo derrotado. —Hermana, dime qué demonios debo hacer.
Melisa miró a su lado, donde Dani Soto le daba el biberón al bebé, y sonrió. —¿Acaso mi esposo no te dio ya la fórmula?
En la mente de Nicanor solo resonaron unas cuantas palabras: Insistencia y perseverancia.
Antes de colgar, Nicanor le pidió un último favor a Melisa. —Envíame la lista de sus citas.

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