Teresa le dio un sorbo a su café, pensando que, definitivamente, esa cuenta la iba a pagar ella misma.
Nicanor, que seguía espiándola, se terminó su bebida y se levantó, completamente relajado.
Si esos eran los candidatos que la mamá de Teresa le había buscado a su hija, no sentía la más mínima amenaza.
El tercero era el dueño de su propia empresa. Parecía un tipo humilde y honesto, pero tras un par de comentarios, comenzó a indagar cuánto ganaba Teresa y cuánto tenía ahorrado. Sus indirectas buscaban averiguar cuál era su verdadero "patrimonio".
Los cálculos de los adultos, cuando se exponen tan descaradamente, dan lástima. Teresa no tenía la menor intención de pasar el resto de su vida con alguien así. Dejó la taza en la mesa, soltó un educado "voy al tocador" y huyó del lugar.
Ese primer día de citas la dejó exhausta. Al llegar a casa y contarle todo a su madre, increíblemente, Dora Manrique lo consideró de lo más normal.
—Las parejas se casan para sumar, mija. Es lógico que tengan esas exigencias, a esta edad nadie quiere casarse para bajar su estatus de vida. Con que estén dispuestos a tratar bien a Lulú, es suficiente.
Teresa suspiró de puro cansancio. —Mañana ya no quiero ir.
Dora se negó rotundamente. —Si estos no te gustaron, no pasa nada, todavía no llegamos a los mejores. Ve a los de mañana. Hay uno en particular al que le tengo mucha fe, es un doctor que había investigado sobre la Menta Andina. Crucé unas palabras con él, es un hombre muy caballeroso y educado.
Al ver la insistencia de su madre, a Teresa no le quedó más remedio que aceptar.
Sin embargo, el segundo día fue prácticamente igual al primero. Estuvo soportando citas horrendas hasta la tarde. Ya no tenía esperanzas y planeaba salir corriendo a hacer sus maletas apenas terminara el último encuentro.
—Te ofrezco una disculpa. Tuve una cirugía de emergencia en el hospital, por eso me retrasé.
Era muy raro toparse con un hombre con una vibra tan amena. La primera impresión de Teresa fue que, tal vez, él sí valía la pena.
Pronto, la conversación fluyó de forma natural.
Y fue en esa cita donde Nicanor presenció una amenaza real. ¡Teresa se estaba riendo con las anécdotas de ese hombre de manera genuina! ¡Su postura corporal era relajada, lo que significaba que no le desagradaba en absoluto!
Las alarmas de pánico se dispararon en la mente de Nicanor, quien apretó el periódico con tanta fuerza que casi lo hace pedazos.

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