Al encontrarse con la mirada profunda del hombre, Fiona se quedó paralizada por un instante. ¿Samuel? ¿Qué hacía él aquí? Los ojos rasgados del hombre se curvaron ligeramente hacia arriba, sus pupilas brillantes como gemas oscuras en la penumbra.
Fiona recordó la escena en la mansión y un nudo se le formó en la garganta. Por un momento, no supo qué responder.
—Caminar desde aquí hasta la base de la colina te tomará al menos una hora —dijo Samuel con voz grave—. ¿No pensarás hacer todo el camino a pie?
Si no se lo hubiera encontrado, ese era exactamente su plan. Esteban no iba a salir a buscarla, y mucho menos a llevarla a casa.
—Gracias, tío.
Fiona abrió la puerta del carro, pero al entrar, un nuevo mareo la invadió. Si no se hubiera aferrado a la manija, se habría desplomado. Un dolor punzante le taladraba la cabeza.
—¿Cómo me llamaste? —La voz profunda del hombre resonó de nuevo una vez que estuvo sentada.
Fiona se giró y, al encontrarse con sus ojos, una idea descabellada cruzó su mente. Samuel seguía soltero y nunca se le había conocido un romance. Para salir del pozo en el que estaba, no podía hacerlo sola...
Pero apenas surgió esa idea, el mareo se intensificó con una violencia arrolladora. Al segundo siguiente, su cuerpo se desplomó hacia él.
Samuel, por puro instinto, levantó el brazo para sostenerla por el hombro. Un delicado aroma a violetas inundó sus fosas nasales.
Qué aroma tan familiar. Sentía que lo había olido antes. Desde que la vio por primera vez, tuvo una extraña sensación de familiaridad, aunque estaba seguro de que era la primera vez que se encontraban.
—Señorita Santana, señorita Santana... —murmuró el hombre, mirándola, con el ceño fruncido.
Estaban muy cerca. Incluso a través del traje, podía sentir cómo la temperatura de ella aumentaba. Extendió su mano de dedos largos y elegantes y le tocó la frente.
Tenía fiebre. Y una muy alta.



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