Era el único recuerdo que le quedaba de su madre: una talla de jade con una orquídea grabada. Se había roto en un accidente y, desde que regresó al país, le había encargado a Abraham que encontrara a alguien capaz de repararla.
—Sí, señor Flores.
...
Esteban tenía planeado llevar a su hijo y a Bianca a casa, pero una llamada de su madre, Gisela, interrumpió sus planes. Al parecer, el abuelo Flores había montado en cólera después de que se fueran, y le aconsejó que volviera para calmarlo.
Esteban siempre había respetado a su abuelo, así que no pensaba desobedecerlo en un momento así.
—Pero, ¿Pedro se encuentra bien para volver? —preguntó Bianca en voz baja, desde el interior del carro.
—No te preocupes, Bianca, ya me siento mucho mejor —respondió Pedro, acurrucado en sus brazos, con una leve sonrisa en los labios.
Cuando los tres regresaron a la villa, ya eran más de las nueve de la noche. El abuelo Flores, enojado, no quiso bajar. Gisela fue a buscarlo mientras los demás esperaban en el sofá.
Pedro, aburrido, miraba a su alrededor. Finalmente, se volvió hacia Bianca.
—Bianca, es la primera vez que vienes a nuestra casa y te hemos hecho pasar un mal rato. Espero que no te lo tomes a mal.
—No te preocupes —dijo Bianca, su expresión ensombrecida—. Tampoco esperaba que las cosas se complicaran tanto y que se arruinara una cena tan agradable.
—No tienes por qué sentirte mal —intervino Esteban con seriedad, aunque su tono era suave—. Pedro y yo sabemos perfectamente quién fue el responsable. La cena no la arruinaste tú, así que no te sientas culpable.
Bianca asintió, con los ojos llorosos, y se apoyó ligeramente en él. Esteban, a su vez, le acarició la espalda con delicadeza.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me Robaron Tres Años, les Cobraré una Vida Entera