Justo cuando se disponían a cenar, una voz familiar resonó en la entrada.
—Bisabuelo, ya volvimos.
Fiona levantó la vista y vio a Esteban entrando con Pedro de la mano. La sorpresa en sus rostros le confirmó que no era una coincidencia; el abuelo Flores los había llamado a propósito.
—Mamá, ¿no te ibas a divorciar de papá? ¿Qué haces aquí? —La pregunta del niño era una clara insinuación de que, si se iban a divorciar, ella no debería estar allí.
Fiona estaba a punto de responder, pero el abuelo se le adelantó.
—Pedro, no le hables así a tu madre. Ven con el bisabuelo.
—Sí. —Pedro se acercó al anciano.
—He plantado flores nuevas en el jardín. Te llevaré a verlas. Cuando la cena esté lista, nos llaman. —Y sin esperar respuesta, el abuelo salió con el niño, seguido por el mayordomo.
En la sala, solo quedaron Esteban y Fiona. Era evidente que el abuelo les estaba dando una oportunidad para hablar.
—¿Qué haces aquí? —le preguntó Esteban.
Fiona lo ignoró y se dirigió al baño. Él la siguió.
—Si no quieres divorciarte, dímelo directamente. No hace falta que mandes al abuelo de intermediario —dijo, agarrándola del brazo.
—¿Que yo no quiero divorciarme? —se detuvo Fiona, incrédula—. ¿De dónde sacas eso?


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