Lo ocurrido la noche anterior seguía sin explicación. Quizás esta era la oportunidad perfecta para aclarar las cosas y evitar malentendidos.
—Gracias, señor Flores —asintió sin dudar.
—De acuerdo. —El hombre la miró con indiferencia y se dirigió a la salida.
Samuel no había traído chófer, así que conducía él mismo. Cuando Fiona se disponía a abrir la puerta trasera, la voz grave del hombre llegó desde el asiento del conductor.
—Siéntate delante.
La mano de Fiona se detuvo sobre la manija. Miró, incrédula, el perfil del hombre. Su expresión era neutra, sin emoción alguna.
Cerró la puerta trasera y se sentó en el asiento del copiloto.
Mientras el carro descendía por la sinuosa carretera de la colina, Fiona, con la mirada perdida en el paisaje y las manos entrelazadas en su regazo, finalmente se atrevió a hablar.
—Señor Flores, ayer se me cayó una liga para el cabello en el balcón de su habitación. Solo salté para recogerla, pero cuando quise volver, ya no tenía fuerzas.
La mano de Samuel se tensó sobre el volante. Una sonrisa gélida asomó a sus labios.
—¿Y por eso te quedaste a dormir en mi habitación?
—No sabía que era su habitación —se apresuró a explicar ella, girándose para mirarlo—. Pensé que era una de las de invitados. Todas las que están a su lado lo son, por eso me quedé.

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