—Señora, ¿de verdad es amiga de mi mamá? ¿Y cómo está ella? ¿Está bien en la cárcel? La extraño mucho...
Al mencionar a su madre, los ojos claros de Silvia se llenaron de lágrimas. Parecía saber que su madre estaba en prisión, algo que Fiona no esperaba. Silvia sabía más de lo que imaginaba. Antes de venir, había pensado en cómo inventar una historia para protegerla, ya que le habían dicho que la niña no sabía nada cuando arrestaron a Natalia. Seguramente, su padre se lo había contado.
—Tu mamá está bien. Me ha pedido que te cuide. ¿Te gustaría vivir conmigo a partir de ahora? Te trataré como a mi propia hija... —Fiona no estaba segura de si la niña aceptaría, pero le ofreció toda la sinceridad de la que era capaz, dispuesta a saldar su deuda de gratitud.
Silvia dudó un momento, pero finalmente asintió.
—Si de verdad es amiga de mi mamá, entonces sí quiero ir con usted. Aquí no me tratan bien, siempre me están molestando. No quiero seguir aquí.
—No te preocupes, Silvia. Haré todos los trámites legales con la directora para poder llevarte conmigo. —Fiona le acarició la cabeza con ternura.
La mirada de Silvia se desvió, como si quisiera decir algo más.
—Silvia, ¿quieres decirme algo?
—Es que... —bajó la vista, sin atreverse a mirarla—, si alguna vez me porto mal, ¿usted me va a pegar?
La pregunta de la niña fue como un puñal en el corazón de Fiona. Aunque era la primera vez que se veían, la reacción de la niña delataba el maltrato que había sufrido por parte de su padre y de los demás. Pobre niña. Le recordaba a sí misma. Cuando eres débil, nadie te respeta. Te escupen, te insultan, te golpean. Y no solo en la cárcel.
Instintivamente, la abrazó.

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