La voz de Esteban retumbó en el pasillo. Aunque sus palabras parecían apoyar la decisión, la ira en sus ojos no pasó desapercibida para Fiona.
Con las cosas así, el médico no tuvo más remedio que ceder.
—En ese caso, esperaré diez minutos. —La duda inicial del médico se había transformado en una firmeza inesperada.
Una sonrisa gélida se dibujó en los labios de Fiona. El dicho era cierto: ante el poder, todo lo demás pierde su valor.
Se apartó y miró su celular. Faltaban ocho minutos. Ya casi.
...
Samuel se alejó para atender una llamada. La mirada de Fiona lo siguió. De repente, los últimos acontecimientos pasaron por su mente. Su relación con ese hombre se estaba volviendo cada vez más... frecuente.
No se dio cuenta de que Esteban, sentado en el pasillo, la observaba. Vio cómo seguía a Samuel con la mirada. La mano de Esteban, apoyada en su rodilla, se cerró en un puño.
Justo cuando se disponía a levantarse, una mano lo detuvo.
—Esteban.
—¿Qué pasa?
—Me siento un poco mareada —dijo Bianca, sujetándolo del brazo.
—¿Qué te ocurre? —El rostro de Esteban se ensombreció, su voz teñida de preocupación—. ¿No estabas bien hace un momento?
—No lo sé, de repente me he sentido mal. —La voz de Bianca, suave y quejumbrosa, captó la atención de Fiona.
Se giró y vio cómo Esteban colocaba su mano sobre la de Bianca.
—¿Puedes aguantar? —le susurró él—. ¿O quieres que te lleve a ver a un médico ahora?



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