Fiona se quedó perpleja.
No mucha gente lo sabía, y ella nunca había dicho que su intención al alquilar ese local fuera abrir una clínica. ¿Cómo se había enterado él?
Aunque la duda la asaltaba, respondió con sinceridad.
—Así es.
—Conozco un lugar excelente. ¿Te gustaría ir a verlo? —La voz del hombre era profunda mientras la miraba fijamente.
Fiona se sorprendió.
—Señor Flores, ¿me está ofreciendo un local? ¿Es de algún amigo suyo?
—Sí, de un amigo —respondió Samuel, abriendo la puerta trasera de su carro—. Es una propiedad de dos pisos. Antes era una casa de té exclusiva para clientes, pero el negocio se trasladó y el lugar quedó vacío.
Mientras hablaba, Fiona vio que la puerta del carro ya estaba abierta. Al levantar la vista, se encontró con la mirada sincera del hombre. No parecía estar bromeando.
—De acuerdo, iré a echar un vistazo.
Fiona se deslizó en el asiento trasero y su mirada se cruzó con la del hombre en el asiento del conductor. Lo reconoció: era Abraham, el asistente personal de Samuel. Él la saludó con un leve asentimiento y ella le devolvió el gesto con una sonrisa.
La gente que rodeaba a Samuel compartía su misma aura de frialdad y serenidad.
El trayecto transcurrió en silencio. De no ser por la música suave y relajante que sonaba en el carro, Fiona habría sentido que la atmósfera era asfixiante.
El lugar estaba en el corazón de la ciudad, una zona muy animada, a media hora en carro de Residencial San Jerónimo. Si se decidía por ese sitio, tendría que pensar en comprar un carro para sus desplazamientos, algo que, de todos modos, ya entraba en sus planes.



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