—¿Qué pasa? —preguntó el abuelo Flores, levantándose de un salto, con el rostro lleno de preocupación.
Esteban reaccionó de inmediato, arremangando la camisa de su hijo. El dorso de la mano de Pedro estaba cubierto de ronchas rojas.
—¡Es una reacción alérgica! —exclamó Bianca, con el ceño fruncido y voz apremiante—. ¡Pero él solo es alérgico a la mostaza, y hoy no hemos usado mostaza en nada!
A pesar de todo, era el hijo que había llevado en su vientre durante diez meses. Aunque estuviera decidida a divorciarse, Fiona no podía quedarse de brazos cruzados. Se acercó al niño y le levantó la camisa para examinarle el abdomen.
Era una alergia, sin duda. Y una muy severa.
Pedro había sido alérgico a la mostaza desde pequeño. Una vez, por un descuido de una empleada, comió un poco y cayó en coma. Esta vez, la cantidad parecía menor; al menos seguía consciente.
Esteban tomó la salsa de la mesa y la olió.
—¿Quién preparó esta salsa? —preguntó, frunciendo el ceño.
La mirada de Fiona se clavó en Bianca.
—Fue ella.
—¡Pero yo no le puse mostaza! —negó Bianca al instante—. Además, en cuanto terminé de prepararla, se la di a la señorita Santana para que la trajera a la mesa...
Todas las miradas se volvieron hacia Fiona.
—¿Qué estás insinuando? —La voz de Fiona se endureció, su rostro ensombrecido—. ¿Sospechas que yo le puse la mostaza?
—Señorita Santana, no quiero sospechar de usted, pero le aseguro que yo no usé ese ingrediente. Sé que me guarda rencor por lo de la cárcel, pero ¿recurrir a algo así para incriminarme? ¡Es su propio hijo, el hijo que tuvo con Esteban!
Con esas palabras, todas las sospechas recayeron sobre Fiona. La ira tiñó sus ojos. Así que para eso la había hecho entrar a la cocina. ¡Todo había sido una trampa!
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