—No tiene nada de malo admirar a Elías. Con esa cara de infarto que tiene, una admiradora más es lo de menos.
Melina se burlaba de la señorita Castillo por no atreverse a admitir que le gustaba Elías.
Si a ella le gustaba alguien, lo expresaba abiertamente, sin rodeos.
—Melina, no es cierto. Yo tengo novio. Si lo que dices llega a oídos de él y afecta mi relación, ¿te harás responsable?
—No. Si tu novio malinterpreta unas simples palabras como estas, es mejor que terminen cuanto antes, porque significa que no hay confianza entre ustedes.
La señorita Castillo se quedó sin aliento por la rabia.
Melina miró de reojo a las demás, pero ninguna se atrevió a decir nada.
Esta heredera de la familia Rivas, adorada por todos y con un talento propio para los negocios, dirigía varias empresas. Era una mujer fuerte, mucho más competente que la señorita de la familia Silva.
Tenía con qué respaldar su arrogancia.
Sin embargo, la actitud de Melina no era tanto arrogancia como una defensa. No le parecía justo que todos atacaran a Isabela sin decir una sola palabra sobre Elías.
Era evidente que Elías había sido quien había buscado a Isabela, pero todos decían que ella lo había seducido.
Era demasiado injusto.
Aunque los Rivas y los Silva eran enemigos, Melina era una persona justa.
Con la cabeza bien alta, Melina fue recibida en el hotel por una de las señoras y dos de las jóvenes de la familia García.
***
Al entrar, Melina vio a Elías e Isabela rodeados de gente. Dada la posición de Elías, era normal que fuera el centro de atención.
A través de la multitud, la mirada de Melina se encontró con la de Isabela.
De repente, Isabela levantó su copa hacia Melina y le sonrió.
Melina se sorprendió un poco. La sonrisa de Isabela era dulce, y no pudo evitar devolvérsela.
Normalmente, no tenían ningún tipo de relación.
Antes de casarse con Elías, Isabela era una simple empleada en una pequeña empresa, mientras que Melina era la directora de varias compañías, manejando negocios de decenas de millones, incluso de cientos.
Melina incluso sospechaba que Elías se había casado con Isabela con otras intenciones.
Isabela era como un corderito inocente, demasiado ingenua para competir con la astucia de Elías.
Elías se percató del gesto de Isabela y siguió su mirada. Al ver que se trataba de Melina, la observó a ella un par de veces.
Isabela actuó como si nada.
Sonreía amablemente, se comportaba con elegancia y gracia, y su conversación era sorprendentemente refinada, dejando a Elías impresionado.
No tenía idea de que tuviera tales habilidades sociales. Al principio, la gente la menospreciaba, pero después de hablar con ella, su actitud se volvía mucho más sincera.
—El señor Rodrigo y su esposa acaban de llegar —anunció alguien.
La mirada de Elías se dirigió inmediatamente hacia la entrada del hotel.
Isabela aprovechó la oportunidad para decirle:
—Cariño, he visto a algunos conocidos. Voy a saludarlos.

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