Isabela lo observó, preguntándole con la mirada si hablaba en serio.
Elías parpadeó. ¿Cómo podría mentirle para contentarla? Todo lo que decía era verdad.
Encargarle una docena de juegos de joyas con diamantes no le costaría mucho. Además, si algo le sobraba, era dinero.
Su fortuna personal superaba los diez mil millones. Como diría un Rodrigo envidioso, todo el patrimonio de la familia Méndez junto no igualaba el de Elías, y ni hablar de la familia Silva.
De la fortuna de la familia Silva, Elías aún recibiría una parte. Sumando eso, su patrimonio personal alcanzaría fácilmente varias decenas de miles de millones.
Elías solía estar tan ocupado con el trabajo que apenas salía. Se podría decir que tenía dinero y no sabía en qué gastarlo.
***
Ante la entusiasta invitación de Elías, la señora Méndez acompañó a la joven pareja a comer.
Después de la comida, la señora Méndez no se demoró más. Primero llamó al mayordomo para preguntar por Jimena y, al saber que se había ido a casa de sus padres al mediodía, se apresuró a volver a la suya para hacer las maletas.
Reservó un vuelo para esa misma tarde y solo entonces llamó a su esposo para decirle que quería irse de viaje.
El señor Méndez estaba encantado de que su esposa se fuera. Aceptó de inmediato y hasta le transfirió una buena suma de dinero, diciéndole que comprara lo que quisiera durante su viaje, que no escatimara en gastos y que, sobre todo, se divirtiera.
Elías e Isabela salieron del hotel más tarde.
Pero el chofer de Elías no estaba por ningún lado.
Al principio, Isabela no se dio cuenta. Caminó directamente hacia su coche, pero al notar que el señor Silva la seguía, se giró y le dijo:
—Ya comimos, ¿por qué me sigues?
—Isabela, mi chofer me acaba de mandar un mensaje. Dice que tuvo una emergencia y se fue. ¿Me llevas a la empresa en tu coche? Por favor, llévame.
Chofer: [Señor Silva, usted me dijo que, de ahora en adelante, cada vez que lo viera con la señora Silva, podía tomarme el resto del día libre.]
Elías: [Muy bien, lo estás haciendo perfecto.]
Isabela parpadeó e, instintivamente, preguntó:
—¿Y por qué no le pediste que te dejara las llaves? ¿No tienes una copia de las llaves del coche?

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