Claro que, si quedaba embarazada, no dejaría que el niño naciera. ¿Quién sabía si era de Rodrigo o de aquellos hombres?
No se atrevía a arriesgarse a tenerlo, por miedo a que Rodrigo descubriera que no era suyo. Ya estaba planeando que, si se confirmaba el embarazo, buscaría otra oportunidad para culpar a Isabela.
La última vez, Isabela y su madre lograron esquivarlo y no pudo incriminarlas con éxito.
¡No podía creer que Rodrigo hubiera planeado traicionarla desde hace tanto!
Jimena maldijo un buen rato hasta que Ulises levantó la mano para que se callara; le molestaba el ruido.
—Aunque quiera seducir a Elías, él no me da la oportunidad. Ahora está enamorado de Isabela y solo piensa en recuperarla. Yo, su amiga de la infancia, ya solo soy una mujer casada ante sus ojos.
»No es que no lo haya intentado, pero me rechazó de forma tajante. Quedé en ridículo.
Ahora, cada vez que estaba frente a Elías, se sentía un poco culpable.
—Ese es tu problema. Yo quiero resultados. Además, dile a esa amiga tuya a la que le gusta Álvaro que haga lo que sea necesario para atraparlo y cortarle a Isabela la oportunidad de volver a casarse con un millonario.
»Sin Elías ni Álvaro respaldándola, yo la aplastaré en los negocios hasta dejarla en la ruina y destruir a su familia.
No era que Ulises no quisiera acabar con Isabela y Elías de un solo tajo, pero en esta sociedad llena de leyes y cámaras de vigilancia, y siendo ellos celebridades en Nuevo Horizonte con estatus y poder, cualquier incidente atraería demasiada atención.
Si los mataba, él tampoco escaparía.
¡Y él no quería morir!
Por eso se obligaba a no precipitarse, a ir paso a paso.
La venganza es un plato que se sirve frío.
Quería que Elías e Isabela perdieran todo lo que tenían, que sufrieran lo indecible y al final terminaran con sus familias destruidas. Si morían de forma un poco más «natural», nadie lo implicaría a él.

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