Elías se quedó sin palabras.
¡Le estaba coqueteando! ¿Es que no se daba cuenta?
—Isabela, acabas de decir que tenías algo que decirme en persona, ¿qué es?
Elías, resignado a que Isabela no entendiera sus indirectas, retomó el tema principal.
Isabela fue directa al grano:
—La familia de mi padre me ha buscado. Fue mi tío, Joel.
La expresión de Elías no cambió. Permaneció en silencio, esperando a que continuara.
—En cuanto me vio, me pidió dinero. Dijo que, como mi padre ya no está, yo debo encargarme de mantener a mis abuelos. De entrada, me pidió dos millones de pesos para compensar los más de veinte años que no los mantuve.
»Y luego, me exigió seiscientos mil pesos mensuales para los gastos de mis abuelos.
—¿Seiscientos mil pesos al mes de manutención? —dijo Elías con voz gélida—. ¿Y quiénes se creen para pedir eso?
Todo el círculo de la alta sociedad sabía cómo la familia Romero había tratado a Isabela y a su madre. Desde que conoció a Isabela, supo que sus abuelos y tíos paternos eran basura.
¿Y con qué cara se atrevían a pedirle a Isabela seiscientos mil pesos al mes? Vaya descaro.
—Por supuesto que no se lo merecen, así que me negué. Pedir tanto dinero de golpe seguramente fue idea de Joel. No sé quién les dijo que tanto mi madre como yo nos habíamos casado con familias ricas y que teníamos dinero de sobra, por eso vinieron a buscarme.
»A mi madre no se atreven a pedirle nada, pero como yo sigo siendo la hija de mi padre y llevo su sangre, vinieron a mí con esas exigencias desmedidas.
Isabela miró a Elías y continuó:
—Si los perros los muerden, tendrán una excusa aún mejor para exigir más dinero. No es necesario. Además, no cualquiera puede entrar a un fraccionamiento de lujo como el nuestro.
»No podrán entrar, a lo mucho se quedarán vigilando afuera. Si se atreven a detener el carro, llamamos a la policía y los acusamos de acoso.
»También deberías avisarle al personal de seguridad de la mansión de tu familia. Diles que si ven a este hombre, lo echen sin hacer preguntas.
Isabela sacó su celular, abrió la galería y buscó la foto que le había tomado a Joel. Le había sacado una toma de frente.
Le reenvió la foto a Elías.
Elías, que no era tonto, entendió la situación de inmediato. Envió la foto de Joel al jefe de seguridad de la mansión Silva con órdenes claras: si veían a ese hombre, debían expulsarlo sin hacer preguntas.
La mansión de la familia Silva era una enorme finca construida en la cima de una montaña de cumbre plana. Había una caseta de seguridad en la base de la montaña, y sin el permiso de los dueños, nadie podía siquiera subir, y mucho menos entrar en la mansión.

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