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Meta de renacer: O me hago rica, o me hago viuda romance Capítulo 403

—Temía que no pudieras sola con tanto trabajo, así que vine a ayudar.

—No es para tanto, solo es limpiar un poco. Si hay mucho trabajo en el set, regresa a supervisar la serie, yo puedo encargarme de esto.

Isabela entró a la tienda junto a su amiga.

Le entregó a Mónica la caja de pastelitos que Álvaro le había regalado.

—Mónica, prueba estos pastelitos.

Mónica la tomó y, mientras abría la bolsa, preguntó:

—¿Dónde los compraste? ¿Las pastelerías abren tan temprano?

Al levantar la tapa, ambas quedaron maravilladas con la apariencia de los postres. Mónica comentó:

—Sin importar si saben bien o no, están hechos con una delicadeza exquisita. Solo de verlos se me abre el apetito.

—Este repostero tiene muy buena mano. Y nosotras aún no hemos decidido quién será nuestro repostero.

Ambas probaron una pieza. Tras degustarla, coincidieron en elogiar el sabor.

—En el camino me encontré con el señor Morales y me dio un aventón. Él me regaló esta caja; dice que los hizo el repostero de su casa y que, si necesitamos uno, podría presentarnos a alguien.

—¿Te lo presentó? Si es un repostero aprobado por él, su técnica debe ser de primer nivel. Lo que no sé es si podremos pagar a alguien de esa categoría.

Mónica tomó otro pastelito.

Isabela ya había desayunado y no tenía hambre, solo quería probar el sabor. Quedaban varios trozos, así que le dejó uno más a su amiga y el resto se los llevó a los maestros de obra para que los probaran.

—El señor Morales dijo que al rato me pasaría el número del repostero para que nos contactemos con él. Aunque no sepamos si podemos pagarlo, hay que intentar.

En la zona de Nuevo Horizonte había muchísimas cafeterías y pastelerías; la competencia era feroz. Para destacar, había que enfocarse en dos cosas: el sabor y el servicio.

—Vaya, qué milagro. ¿Qué viento trajo al señor Silva por aquí? —dijo Mónica con tono sarcástico.

Elías tensó el rostro. Había dormido en la puerta de la casa de Isabela toda la noche, sin bañarse ni cambiarse de ropa; sentía que apestaba.

¡Y todo era por culpa de Isabela!

—Señorita Torres, quiero hablar a solas con Isabela. ¿Podría dejarnos un momento, por favor?

Elías ignoró el sarcasmo de Mónica y le pidió que saliera.

—No hace falta. Elías, no tengo nada que hablar contigo —dijo Isabela con frialdad—. Lo que tenía que decir, ya lo he dicho mil veces. No tenemos nada más que discutir, a menos que aceptes divorciarte. En ese caso, sí podríamos sentarnos a platicar.

—Isabela, anoche fui a comprarte muchos regalos. Hay joyas, productos para la piel, ropa y bolsos. Son cosas que les gustan a ustedes las mujeres.

Elías parecía no escuchar lo que ella decía. Caminó hasta quedar frente a ella y levantó ambos brazos para mostrarle las bolsas que cargaba.

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