—Isabela, ¿tanto me odias?
Preguntó Elías un poco herido.
Isabela no respondió. En su vida pasada perdió la vida por amarlo. Afortunadamente, Dios se apiadó de ella y le permitió volver a empezar. Después de tanto lío, por fin veía la esperanza del divorcio; las desgracias de su vida anterior no habían ocurrido porque esta vez eligió diferente.
Su silencio equivalía a una confirmación, lo que lastimó a Elías. Se consideraba joven y apuesto; aunque era rico de cuna, había logrado su posición actual dirigiendo el negocio familiar, lo que demostraba que no era un inútil. Muchas mujeres lo admiraban. Sin embargo, su propia esposa era quien más lo detestaba.
—Si sigo negándome al divorcio, ¿terminaremos siendo enemigos?
—De esos que desean la muerte del otro.
Isabela le respondió con otra pregunta:
—¿Qué se siente casarse con una mujer a la que no amas? Tú lo sabes mejor que nadie.
Elías se quedó mudo al instante.
—Elías, no necesitamos hablar de amor, no hay amor del cual hablar. Desde el principio hasta el final, nunca me amaste.
—En el futuro, si tienes algún proyecto rentable, puedes buscarme; podríamos colaborar para hacer dinero.
Elías: ...
Giró la cabeza y miró el paisaje urbano por la ventana, ignorando a Isabela como un niño berrinchudo. No volvió a hablar.
El ambiente en el coche volvió a congelarse.
Pronto llegaron a la librería de Isabela. El chofer se detuvo junto a la acera y se giró hacia ella:
—Señora Silva, llegamos.
—Ah, bien, me bajo aquí.
Isabela se desabrochó el cinturón, abrió la puerta y bajó, agitando la mano hacia Elías en un adiós silencioso. Si fuera posible, desearía no verlo nunca más. Por desgracia, no se podía.
Isabela tomó el agua, la abrió y se bebió media botella antes de responder:
—Todavía no se resuelve del todo. Aquí no podemos platicar a gusto, vamos al taller. Voy a llamar a la repostera que recomendó el señor Morales para que vaya al taller a negociar el sueldo.
—Sale.
Ahora que estaban limpiando el local, no podían hacer mucho ahí. Mónica guardó su laptop de inmediato; la llevaba a todas partes y escribía unas cuantas palabras cada vez que tenía tiempo.
—Vámonos.
Salieron juntas de la tienda. En menos de diez minutos llegaron al taller. Después de resolver algunos asuntos de trabajo, por fin tuvieron tiempo para platicar bien.
—¿Recuperaste los regalos de boda? —preguntó Mónica.
Isabela soltó un par de risas sarcásticas.
—Una vez que entran en el bolsillo de Jimena, no es tan fácil sacarlos.

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