Mónica sonrió:
—Vale, cuando tengas tiempo, te acompaño a pasear por Río de Plata.
—En vacaciones de verano hay mucha gente y hace calor, mejor vamos en otoño. Para entonces nuestro trabajo ya estará más estable.
Isabela la miró agradecida:
—Gracias, Mónica. Menos mal que te tengo.
Cuando estaba de mal humor, tenía una amiga de confianza con quien desahogarse.
Y cuando no tenía a dónde ir, podía refugiarse con ella.
—Si me dices esas cosas, me voy a enojar. Con todos los años que llevamos de amistad, déjate de formalidades.
Al ver de reojo la invitación en la basura, Mónica preguntó:
—¿Quién te mandó invitación?
—Ángela. Va a cumplir años y me invitó.
Isabela respondió:
—Es la mejor amiga de Jimena y yo no me llevo con ella. Que me mande invitación de la nada me huele a trampa, no quiero ir.
—Entonces mejor no vayas.
Jimena no era buena persona, y su mejor amiga no podía ser mucho mejor.
*Ring, ring, ring...*
Sonó el celular de Isabela.
Miró la pantalla y se sorprendió bastante. Le dijo a Mónica:
—Es la señorita Rivas.
Melina estaba muy ocupada. Después de invertir en el proyecto de la microserie de Isabela, no le prestaba atención ni se metía. Si la serie generaba dinero y le daban su parte, la recibía; si no ganaba y perdía dinero, tampoco recriminaba.
Al contrario, solía consolar a Isabela diciéndole que no se presionara tanto, que en los negocios y las inversiones a veces se gana y a veces se pierde; el mercado es como el mar: sube y baja, a veces está en calma y a veces hay tormenta.
Normalmente era Isabela quien la llamaba; era raro que Melina llamara por iniciativa propia.
Las que intentaban adularla probablemente querían casarse con algún miembro de la familia Rivas y convertirse en una señora Rivas, ya que la familia tenía quince hombres en esta generación.
Todos eran tan jóvenes, guapos, excelentes y ricos como los de la familia Silva.
Isabela solo había visto a Arturo Rivas, y eso de lejos un par de veces. En cuanto a guapura, Arturo no le llegaba a Elías. Isabela nunca había tenido la oportunidad de ver cómo eran los otros jóvenes de la familia Rivas.
—Señorita Rivas, tome asiento, por favor.
Isabela invitó a Melina a sentarse, y Mónica fue a servirle un vaso de agua.
Al ver que ambas estaban un poco nerviosas, Melina rio:
—Solo pasaba a visitar, no se pongan nerviosas. Somos socias, estamos al mismo nivel, que no las asuste mi título de «señorita de la familia Rivas».
—Es que vienes poco y hemos convivido poco, por eso nos da un poco de pena verte.
Isabela sonrió:
—Si tienes tiempo en el futuro, hay que juntarnos más seguido.
—Es culpa mía, he estado demasiado ocupada. Por fin terminé y hoy tuve un rato libre. Escuché un chisme y, bueno, vine a preguntarle a la protagonista. Vengo a enterarme del mitote.

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