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Meta de renacer: O me hago rica, o me hago viuda romance Capítulo 455

Isabela no sabía artes marciales, pero como decía Rodrigo, tenía experiencia en peleas, y mucha.

Con el tubo de metal en la mano, Isabela pensó que podría resistir un poco.

Solo tenían que aguantar hasta que llegara la policía y estarían a salvo.

Isabela bajó del auto blandiendo el tubo que había robado, golpeando a quien se le pusiera enfrente. No tenía técnica, pero lanzaba golpes con una furia suicida que, por un momento, hizo que los hombres de negro no se atrevieran a acercarse.

Elías no tenía arma, pero sabía pelear. Imitando a Isabela, abrió su puerta de una patada, haciendo retroceder a los hombres que bloqueaban su lado, y logró bajar.

Una vez fuera, pudo usar sus habilidades.

Después de recibir un par de golpes, logró arrebatarle un tubo a uno de ellos. Con un arma en la mano la cosa mejoró; él sí sabía lo que hacía y peleaba con más técnica que Isabela.

Los hombres de negro sabían algo de pelea y aprovechaban su superioridad numérica para rodear y atacar a la pareja por separado.

No les resultaba fácil, pero tampoco dejaban escapar a la pareja.

Pronto, varios hombres de negro terminaron en el suelo.

Algunos heridos por Isabela, otros por Elías.

Isabela parecía una leona furiosa, como si estuviera loca, aunque en realidad estaba muy lúcida.

La mayoría de los secuestradores estaban recibiendo una paliza.

Isabela también recibió varios golpes; ellos intentaban tirarle el tubo de la mano a toda costa.

Si la desarmaban, ella, que no sabía pelear, no sería rival para ellos por muy fiera que se pusiera.

Por eso se concentraban en golpearle las manos.

Le dieron varios golpes fuertes en la muñeca, pero ella aguantó el dolor intenso y no soltó el arma; simplemente la cambiaba de mano.

Cuando lograban tirársela, la levantaba de una patada y la volvía a atrapar en el aire.

Elías notó que Isabela estaba en desventaja, así que tras hacer retroceder a varios, corrió a ayudarla. Terminaron rodeados espalda con espalda.

—Señor Silva, le aconsejo que se rinda. Así sufrirán menos. Mis carnales y yo andamos cortos de dinero y queríamos usar al señor Silva para conseguir algo de efectivo.

Una vez en manos de secuestradores, si no morías, te quitaban hasta la piel.

Algunos pedían el rescate y soltaban a la víctima; otros eran despiadados y, aun cobrando el dinero, la mataban.

Estos eran criminales sanguinarios, asesinos sin escrúpulos.

—Isabela, no tengas miedo, yo te protejo.

Elías susurró:

—Aguanta un poco más, la policía llegará pronto.

La pareja estaba espalda con espalda. Tras escuchar las amenazas del hombre, Elías sintió que Isabela temblaba y pensó que estaba aterrada.

¡Estando él ahí, no permitiría que nadie lastimara a Isabela!

Ni siquiera él había dormido con su esposa, ¿y estos secuestradores querían tocarla? ¡Estaban buscando su propia muerte!

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