A Nuria le brillaban los ojos. Dijo: —Por mi hijo, tengo que ser capaz de protegerme. Debo ganar esta guerra; es a muerte, no puedo tener ni una pizca de compasión.
¡Ella sería la general en el campo de batalla!
—Vanessa, hoy vine a ver a Isa principalmente para agradecerte que nos hayas dejado el camino libre a Lorenzo y a mí. Aunque soy una descarada, también sé ser agradecida. Tú me ayudaste, y yo te ayudaré a desquitarte.
—Espérate nada más. Cuando me case y entre a la familia Méndez, te garantizo que voy a meter en cintura a esa nuera hipócrita.
—Ah, y otra cosa: esa sinvergüenza siempre anda rondando a tu yerno. Dile a Isa que vigile bien al señor Silva, no vaya a ser que se lo ganen. Rodrigo es una basura a la que no le importa que le pongan los cuernos, solo le importan los beneficios.
—Esa pareja es tal para cual. Dios los hace y ellos se juntan; son la pareja más nefasta que he visto.
Vanessa quiso decir que su hija y su yerno también se iban a divorciar, pero se tragó las palabras.
Eso era un asunto privado de su familia, no había necesidad de andarlo contando.
—Esa será habilidad de la señora Valdez. Yo solo fui sensata, no es que le haya ayudado en mucho.
Vanessa quería reírse por dentro, pero mantuvo una cara amable y educada.
Ya podía prever el futuro de la familia Méndez.
Fue su elección, y fueran cuales fueran las consecuencias, tendrían que soportarlas ellos mismos.
Las dos platicaron un largo rato, principalmente Nuria hablaba y Vanessa escuchaba, respondiendo ocasionalmente.
Nuria se quedó una hora antes de irse.
Jimena, que no sabía que Nuria había ido al hospital a ver a Isabela, se enteró de que Elías había regresado a la mansión Silva y fue directamente para allá.
Sin embargo, se encontró con Elías saliendo con dos termos de comida en la mano.
—Elías, ¿a dónde vas?
Jimena preguntó lo obvio.
Elías levantó los termos y respondió: —Ya es tarde, voy a llevarle la cena a mi esposa.

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