—Creo que te iría mejor siendo solo amigo de mi cuñada, la neta no sirven para estar casados.
Marco suspiró y continuó:
—Elías, ya deja el cigarro. Fumas demasiado. Tomás dice que no haces caso, así que nos toca a nosotros decirte: bájale al vicio y al trabajo, necesitas descansar.
—Mírate nada más, en unos pocos días has bajado muchísimo de peso.
Elías, aunque impecable en su traje como siempre, había perdido esa chispa de arrogancia habitual. Ahora se pasaba el día con cara de pocos amigos, sombrío y de mecha corta; pobre del que cometiera un error, porque le caía una regañiza monumental.
Toda la empresa andaba de puntitas, con el miedo en el cuerpo.
El ambiente en la oficina era pesadísimo. Incluso ellos, sus propios hermanos, evitaban cruzarse con él para que no les tocara el desquite.
Y todo porque su intento de recuperar a Isabela había sido un fracaso rotundo.
Como dicen: nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde.
—¿Por qué ninguno de ustedes está de mi lado?
Elías se giró hacia su hermano, reclamándole con desesperación:
—Ya sé que la regué. Dije que voy a cambiar, ¿qué no es suficiente con eso? ¿Por qué nadie me da chance de enmendar mis errores?
—¿Por qué nadie me ayuda? En lugar de apoyarme, todos me dicen que me divorcie de Isabela.
—No quiero divorciarme. Nunca se me cruzó por la cabeza. Y ustedes, en lugar de echarme la mano, de hablar bien de mí con ella, me dejan morir solo.
Marco aguantó los reclamos sin inmutarse.
—Hermano, entiendo cómo te sientes, pero no es que no queramos ayudarte. Es que mi cuñada ya tomó una decisión. Tú sabes que es terca; cuando se le mete algo en la cabeza, no hay poder humano que la haga cambiar.
—La lastimaste demasiado. Mataste sus sentimientos por completo. ¿Crees que con un simple «ya sé que la regué» o un «voy a cambiar» vas a arreglar lo que rompiste?
—No basta, Elías. Son puras palabras, no hay hechos.


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