—¿Acaso no estás satisfecha? Isabela, si tienes alguna exigencia, solo dímela. Cumpliré con todo lo que esté en mis manos.
Isabela no dijo nada, lo que hizo que el corazón de Elías latiera con fuerza, pensando que ella no estaba contenta con la compensación que le ofrecía.
—Elías, no tengo exigencias. Lo que me has dado es demasiado.
Isabela finalmente habló. No era insatisfacción, sino sorpresa.
No esperaba que Elías le diera una compensación tan grande.
— Yo fui el que la regó, así que es justo darte todo esto. Solo espero que no me odies.
—No te odio.
Isabela dijo con calma:
—Alguna vez te odié, pero ya no.
Cuando lo amaba, odiaba su indiferencia hacia ella.
Ahora que ya no lo amaba y él estaba dispuesto a divorciarse, el odio había desaparecido.
Elías hizo una pausa y sonrió con amargura:
—Sin amor no hay odio. Isabela, ya no me amas, por eso ya no me odias.
Antes ella decía que lo odiaba, que odiaba a Jimena.
Hoy, la mirada con la que lo veía era serena, sin el más mínimo rastro de amor.
—¿Y la pluma? Voy a firmar.
—Ah, olvidé traerla. Subiré por ella.
Elías se levantó y se dirigió a las escaleras.
Regresó al estudio, tomó un bolígrafo y la almohadilla de tinta.
No bajó de inmediato tras tomar las cosas; se quedó merodeando en el estudio por más de diez minutos antes de descender.
Cuando le entregó el bolígrafo a Isabela, vio que ella ya había firmado. El acuerdo de divorcio estaba sobre la mesa de centro, con una pluma encima para que no se volara el papel.
—Conseguiste una pluma.
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