—Llevan un buen rato peleando. Le llamé a mi papá y dijo que esa vieja bruja tarde o temprano va a vivir ahí, así que si se quiere mudar ahora, que lo haga. ¡Me lleva la chingada! Yo salí de viaje de negocios en la tarde y no puedo regresar tan rápido. Jimena me marcó fúrica. Ve a mi casa ahorita, por favor, no dejes que esa vieja abuse de Jimena.
Elías respondió: —Si esa mujer se atreve a mudarse, seguro es porque tiene el permiso de tu papá. Si él ya aceptó, de nada sirve que tú y Jimena se opongan. Es un asunto familiar de ustedes, ¿qué voy a hacer yo ahí de metiche? No tengo vela en ese entierro.
Él estaba a punto de divorciarse y andaba de pésimo humor, pero a Rodrigo no se le ocurría consolarlo; al contrario, le pedía que fuera a ayudar a Jimena a pelear y a correr a la amante de su padre. ¿Con qué derecho iba a echar a alguien de apellido Valdez? Esa era la casa de los Méndez, no de los Silva. Ni hablar de que estaba por divorciarse de Isabela; incluso si no fuera así, como yerno nominal de los Méndez, no tenía autoridad para meterse en las aventuras de su suegro.
— Elías, no te hagas el loco. Eres familia. Aparte de ser mi cuñado, eres mi carnal. Mi papá y Vanessa ni siquiera tienen el divorcio todavía y esa vieja ya se atreve a meterse a la casa. Es demasiado descarada. En esto, mi esposa y yo no vamos a ceder.
Rodrigo estaba decepcionado de su padre. Sabía que sin el permiso de don Lorenzo, Nuria no se atrevería a llegar con maletas exigiendo quedarse. Su padre había puesto de excusa una cena de negocios para no llegar temprano, seguramente a propósito, para dejar que la tal Nuria se peleara con Jimena. No quería lidiar con los gritos, así que mandó a la Valdez por delante.
Jimena le dijo que la Valdez había ido sola, sin el hijo bastardo, probablemente porque sabía que Jimena le impediría el paso y no quería que su "bebé" la viera comportándose como una verdulera. Rodrigo pensó que, en cuanto regresara de su viaje, tendría que ir a conocer a ese medio hermano. Si la maldita Nuria y su padre protegían tanto al bastardo, él se encargaría de buscarlo. Si no lo dejaban vivir en paz, él tampoco los dejaría tranquilos.
—Ella está decidida. Le prometí que cuando se recuperara iríamos a hacer el trámite. La verdad es que no me quiero divorciar, yo quería pasar el resto de mi vida con ella.
El dolor y la renuencia en la voz de Elías hicieron que Rodrigo frunciera el ceño. Reprimió su molestia y soltó unas palabras de consuelo vacías: —Pues si se divorcian, ni modo. Eres un partidazo, si quisieras casarte de nuevo, tendrías una fila de mujeres esperando.

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